miércoles, 4 de julio de 2018

CAPITULO 16 (SEGUNDA HISTORIA)





A la mañana siguiente Paula se despertó confusa. Sentía palpitaciones en la cabeza, como si tuviera la más grande de las resacas, aunque raramente bebía más de una copa de vino.


¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?


Retirándose el pelo de la cara, parpadeó varias veces antes de abrir los ojos, su cabeza enteramente en tinieblas. Oyó un gruñido masculino debajo de ella y se empujó para sentarse. Al empujarse, sus dedos se encontraron con la piel cálida y los músculos apretados de un enorme pectoral.


¿Cómo?


Los ojos de Paula se abrieron de par en par, despertándose por completo en segundos al ver el cuerpo que tenía debajo.


–Alfonso –siseó, viendo que estaba a horcajadas en él, torso con torso, y que había dormido con la cabeza apoyada en su hombro–. Quítame las manos de encima.


Pedro tenía los ojos completamente abiertos y la miraba con una mirada intensa, tan ardiente que casi la abrasaba. Sus candentes ojos verdes la devoraban y a Paula se le salía el corazón del pecho.


–Anoche me llamaste Pedro, cielo –le dijo con voz grave, apasionada–. Y si vas a derramar tu suculento cuerpo encima de mí, es de esperar que te toquen ese delicioso culo tuyo. No soy exactamente un santo.


Paula sintió un escalofrío cuando Pedro la agarró por detrás y la empujó contra él, entrando su vientre en contacto con la incontrolable erección de Pedro


¿Anoche? ¿Anoche? Exactamente, ¿qué había pasado anoche? Pensando frenéticamente, intentó recordar si ella y Pedro habían … intimado. Lo último que recordaba era haberse recostado en su escritorio en la clínica, pensando que tenía que descansar sus ojos cansados por un rato. Y luego … Nada.


–No puedo recordar anoche. ¿Nosotros…?


Se paró en seco, incapaz de hacerle a Pedro Alfonso esa pregunta mortificante.


–¿Lo hicimos? –preguntó él con ligereza. Lanzó un viril suspiro de derrota y continuó hablando–.
Lamentablemente, no lo hicimos. Pero si lo hubiésemos hecho, lo recordarías. ¡Gracias a Dios!


Levantó la pierna que descansaba sobre el cuerpo de Pedro y se alejó de él, empujándose al otro lado de la cama. Retirándose los molestos rizos de la cara, lo miró con desconfianza. Aún llevaba el uniforme que se había puesto después de ducharse en la clínica. 


Él, sin embargo, estaba desnudo, al menos de
cintura para arriba. No quería fijarse en su tórax cincelado, cubierto con una pelusa rubia, y en la estela de vello que iba desde su ombligo hasta su …


¡Mierda!


Apartó los ojos de él, enfadada consigo mismo por babear con su cuerpo fibroso.


–¿Qué pasó? ¿Por qué estoy aquí? –preguntó arisca.


Asumió que era la casa de Pedro, ya que estaba en la misma cama que él. Un cama que, tenía que admitirlo, tenía unas sábanas exquisitas, en un dormitorio con igualmente exquisito mobiliario.


Pedro se incorporó y Paula contuvo el aliento cuando la sábana se deslizó un poco más abajo, sin poder quitar los ojos de su abdomen. En ese momento notó la banda elástica en torno a sus caderas, prueba de que no estaba completamente desnudo. Respiró aliviada, odiándose a sí misma por sentirse desilusionada.


–Me encantaría poder decirte que fui a tu clínica y que estabas tan rebosante de deseo que me
suplicaste traerte a casa y follarte –respondió Pedro, sus fogosos ojos verdes mirándola de arriba abajo–. Pero ni tú me lo pediste ni yo hice nada. Fui a tu oficina y estabas profundamente dormida sobre tu escritorio. Intenté despertarte, pero estabas tan exhausta que tuve que traerte en brazos hasta aquí y meterte en la cama.


–¿Por qué? Me hubiera despertado en algún momento –dijo Paula, bajándose de la cama y
llevándose las manos a las caderas, molesta porque hubiera invadido su clínica. Otra vez.


Echando las sábanas a un lado, Pedro se levantó mirándola agresivamente.


–Ni de coña. Estabas frita. ¿Qué estás haciendo, Paula? ¿Matándote de cansancio? Nadie cae rendido de esa manera a menos que haya estado bebiendo o que esté completamente falto de sueño. Es un disparate –vociferó mientras cruzaba la habitación para coger un batín gris que descansaba en una silla.


Abrió la boca para darle una respuesta cáustica, pero la cerró al verlo moverse a través de la habitación. Benditos sean sus glúteos. Aquel hombre tenía un culo tan firme que podía distinguir cada movimiento, cada contracción de sus músculos al andar. Ese sí que era el trasero que cualquier mujer querría tener. Pedro tenía toda su musculatura bien definida. Era casi perfecto, tan increíblemente masculino que cortaba la respiración. Aún tenía ligeras marcas de cicatrices en su espalda, sendas de piel más clara por las que le había preguntado años antes sin obtener una clara respuesta de por qué las
tenía.


Pedro se giró mientras se ponía el batín, permitiendo que Paula le echara un rápido vistazo a su erección matinal, marcada prominentemente por los ajustados calzoncillos. 


Viendo cómo lo miraba, sonrió complacido y arqueó provocativamente una ceja.


No lo mires. Es Pedro Alfonso. Hijo de puta de marca mayor. Puede estar buenísimo, pero tiene el alma más negra que el carbón.


Despegando los ojos de su engañosa mirada verde, hizo un esfuerzo por recordar lo que quería decirle. Ah, sí.


–Lo que yo hago no es asunto tuyo. No tienes ningún derecho a sacarme de mi oficina.


–No es que te resistieras, exactamente –bufó Pedro–. Te me abrazaste al cuello cuando te llevé en brazos al coche.


¡Oh, no!


–¿Me cogiste en brazos?


Pedro levantó la mano impidiendo que continuara hablando.


–No empieces con eso. Tienes un cuerpo perfecto.



Continuó hablando con intensidad en el rostro.


–¿Qué hacías en la clínica a todas horas? Tú ya tienes un trabajo a tiempo completo. No puedes
continuar haciendo las dos cosas.


–Tengo que hacerlo. Esa gente me necesita –susurró Paula–. No tienen a nadie más a quien acudir.


Paula había dejado su práctica privada para trabajar en un hospital hacía casi un año con la
esperanza de poder pasar más tiempo en la clínica. Tenía más días libres para dedicarse a la clínica, pero había multiplicado su trabajo y empezaba a sentir la fatiga.


La expresión de Pedro se suavizó al acercarse a ella.


–No puedes salvar al mundo, Paula. Una persona sola no puede hacerlo. Nada te devolverá a Crystal.


Paula se estremeció, la mención de su mejor amiga de la niñez aún le causaba dolor. Crystal había muerto a la edad de diez años de meningitis bacteriana por no recibir tratamiento a tiempo. Sus padres, golpeados por la pobreza, no tenían seguro médico. He debido contárselo a Pedro hace años y aún lo recuerda. Esta fue una de las razones por las que quería ser médico y seguía siendo el motivo por el que mantenía la clínica abierta. Lo miró, recostada en una de las gruesas columnas de la cama.


–¿No te parece que eso ya lo sabía? Tengo un niño de cinco años a quien casi no diagnostico a tiempo. Estaba crónicamente enfermo, cansado, fatigado. Me llevó algún tiempo hacerle todas la pruebas porque no estoy en la clínica todos los días. Tenía diabetes tipo 1. Podía haber muerto.


Agachó la cabeza, mirando a la alfombra, pensando lo que podría haber pasado si no hubiera dado con el diagnóstico correcto.


–Tengo que pasar tanto tiempo como pueda allí.


El caso de Timmy la había asustado, la había obligado a entregarse aún más. ¿Qué si hubiera otro caso así, uno que no pudiera coger a tiempo?


Pedro se pegó a Paula, presionando su carga contra ella, atrapándola entre su poderoso cuerpo y la columna de la cama. Sujetándole el mentón, le levantó la cabeza y la mirada de ella se encontró con la intensa, penetrante, mirada de Pedro.


–No murió porque estabas allí. Pero no vas a ayudar a los pobres matándote de cansancio. Hay un límite a lo que puedes hacer.


–Necesito …


–Necesitas descansar. Necesitas estar bien para dar el mejor cuidado que puedas –cortó Pedro con seriedad – Te conozco, Paula. Eras una cruzada aun cuando éramos más jóvenes. No puedes salvar el mundo. Solo puedes marcar la diferencia salvando a una persona a la vez.


La empujó en sus brazos, presionando su cabeza contra el pecho mientras le acariciaba el pelo.


–Siempre supe que serías un médico fenomenal, pero te va a devorar si te dejas. Llevas el peso del mundo sobre los hombros. Siempre lo has llevado.


Paula suspiró, dándose un instante de relax en el fornido cuerpo masculino que la sujetaba
haciéndola sentir protegida, olvidando por un breve momento que odiaba a Pedro Alfonso.


– No sé qué hacer –admitió. Y era cierto. Estaba dividida entre su necesidad de sobrevivir, de pagar sus facturas cada mes, y su desesperación por ayudar a quienes realmente necesitaban asistencia médica pero no podían pagarla.


–Te voy a proponer algo –respondió Pedro, acariciando con dulzura su espalda.


–¿Qué?


Incorporándose, lo miró con curiosidad.


–Podemos hablarlo mientras desayunamos. Estoy muerto de hambre –respondió él
despreocupadamente.


–No. Tengo que ducharme y volver a la clínica. ¡Mierda! No tengo ninguna ropa aquí. Tendré que llevar el mismo uniforme y …


–Encontrarás todo lo que necesitas en el baño. Hice que mi asistente escogiera algunas cosas para ti.


Se separó de Paula y le indicó la puerta al otro lado de la habitación.


–Yo usaré el otro baño y nos vemos en la cocina.


–Ya te he dicho que tengo que irme. Tengo varias visitas hoy –respondió testaruda, cruzando la habitación camino del baño.


–No, no tienes ninguna –replicó el mientras sacaba alguna ropa del armario.


–Tengo la agenda llena hasta la hora del ensayo –le informó con indignación. De verdad pensaba que estaba tan fuera de órbita que había olvidado sus citas?


–No la tienes. Tu puesto lo está cubriendo otro médico por ahora, con la ayuda de algunas enfermeras.


Impartió esta información mientras se dirigía al tirador de la puerta.


–¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? –Paula sabía que balbuceaba, pero no tenía ni idea de qué estaba
hablando Pedro.


Él abrió la puerta y se volvió, su expresión oscura, sus ojos desafiantes.


–Fue hecho siguiendo mis órdenes. Todo lo he dispuesto yo.


–Tú no puedes tomar el control de mi clínica, Alfonso. O de mi vida, que es lo mismo –le gritó
furiosa.


–Alguien tenía que hacerlo y fui yo, cielo. Y esto es solo el principio. Nos vemos abajo.


Se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta detrás de él.


martes, 3 de julio de 2018

CAPITULO 15 (SEGUNDA HISTORIA)




Pedro dejó a Paula sobre las sábanas de algodón egipcio de quién sabe qué número de hilos de su cama y la vio acurrucarse en el lienzo sedoso, arreglando la almohada bajo su cabeza con un gemido de satisfacción, un sonido gutural, erótico, que casi lo hizo jadear.


No ha habido un solo día que no la haya deseado, ninguno desde el primer día que puse los ojos en ella. Sí, ya la deseaba entonces. Sus ojos se habían clavado en aquella luminosa mata de pelo rojo, recogida hacia atrás y cayéndole sobre la espalda, su pene sacudiéndole el pantalón cuando sus ojos aterrizaron en aquel hermoso rostro con unas gafas corrientes apenas sujetas a la nariz, con labios color cereza ligeramente fruncidos en un gesto de confusión. Parecía una bibliotecaria con ganas de hacer travesuras y, desde entonces, a Pedro se le había empinado cada vez que la veía.


Me pregunto qué ha pasado con las gafas.


Cuidadosamente, Pedro le levantó un párpado para asegurarse de que no llevaba lentes de contacto que necesitara quitarse, reprimiendo la risa cuando ella gruñó con desagrado ante la invasión. Satisfecho de comprobar que Paula debía haberse corregido la visión con láser, retiró la mano de su cara y dio un suspiro. 


¡Maldita sea! Le encantaba quitarle las gafas y besarla hasta hacerla perder el sentido. Por un
lado, lamentaba la pérdida, pero por el otro se alegraba de que pudiera ver y de que se hubiese desecho de las gafas que ella tanto odiaba.


Le quitó las zapatillas de deporte y las arrojó al suelo, decidiendo que bien podía dormir con su
uniforme médico. Evidentemente, estaba limpio y era probablemente cómodo.


Él se desvistió, viéndola dormir mientras se quitaba la ropa, hasta quedarse solo los calzoncillos. Se fue al otro lado de la cama y se metió entre las sábanas, apagando la luz que tenía a su lado, con su cuerpo en tensión. Era una cama grande, pero no lo suficientemente grande. 


¿Había perdido por completo la cabeza? ¿Cómo coño iba a poder dormir con Paula en su cama? 


La ocasión era surrealista, algo con lo que siempre había soñado y con lo que a menudo había fantaseado.


Duérmete, gilipollas. La estás vigilando. Si no te quedas con ella, se habrá escabullido antes de
que puedas retenerla.


De ninguna manera. Bajo ningún concepto trabajaría mañana. Ese disparate tenía que acabarse.


Golpeando la almohada, se dio la vuelta, de frente a Paula. Dios, qué hermosa era. Todo en ella era perfecto. Incapaz de contenerse, extendió una mano deslizándose hacia ella, como atraído por un imán.


Sus dedos juguetearon con sus rizos y acarició de arriba abajo su delicado rostro con el dorso de la mano. La habitación estaba iluminada solo por la luz de la luna, pero era lo suficientemente luminosa como para ver sus facciones. Cuando le acariciaba el brazo Paula se movió, aleteando los párpados.


Moviendo con inquietud su cuerpo, se fue acercando hasta pegar su cuerpo al de Pedro, restregarse contra él. Se abrazó a su cuello, anidándose en su cuerpo como si fuera su hogar.


–Ella pertenece aquí. No habría manera de que se sintiera tan bien si no perteneciera aquí, conmigo – susurró Pedro con firmeza.


–¿Pedro? –murmuró Paula, confundida.


–¿Si? –respondió él, el corazón tronándole en el pecho.


–Te odio. ¿Qué haces aquí?


Se acurrucó contra él, contradiciendo sus palabras y fundiéndose con su cuerpo ardiente, como un misil dirigido por el calor.


–Ya lo sé, cielo. Ahora, duerme –respondió Pedro serenamente.


La envolvió con sus brazos. Podría odiarlo, pero ahora mismo lo necesitaba. Y él estaba decidido a protegerla.


Como debería haberlo hecho en todo momento. 


No tenía ni puta idea que no se hubiera casado
nunca. A menos que lo hiciera pero no cambiara su apellido por el de su marido. Pero, ¿qué clase de individuo permitiría que su mujer trabajase como ella lo hace? Pensaba que tendría media docena de hijos a estas alturas.


Pedro supuso que, al menos, habría un hombre en su vida y se estremeció al pensarlo.


Mía. Ella pertenece aquí, conmigo.


Cerrando los ojos dejó que sus sentidos absorbieran su fragancia, el contacto de su cuerpo pegado al de él.


Era agonía y éxtasis a la vez.


Permaneció allí tumbado, escuchando la respiración pausada, tranquila, de Paula, que indicaba que por fin se había dormido profundamente.


Para su sorpresa, Pedro la siguió unos instantes después. Su cuerpo relajado y su mente, por primera vez en años, completamente en paz.




CAPITULO 14 (SEGUNDA HISTORIA)




Pedro dio un empujón a la puerta, su enojo le había irritado el estómago. Mientras cruzaba con decisión el vestíbulo oyó el ruidoso clic que hacía la llave de la puerta al cerrar. Ignorándolo, entró con la misma decisión en la recepción y de allí a las oficinas. Se paró para respirar profundamente antes de abrir la puerta de la oficina de Paula, preparándose para hacer frente a una situación desagradable.


Exhaló con un bufido todo el aire que había retenido al darse cuenta de que no habría una pelea inmediata. Su oponente, vestida con un viejo uniforme verde de médico, sus rizos de fuego derramados en la mesa y el brazo derecho doblado para sostener su cabeza, estaba profundamente dormida.


Acercándose a la mesa, frunció el ceño al notar los círculos oscuros alrededor de sus ojos. Aún así, la mujer parecía un ángel, su piel de marfil, tersa, sus labios como fresas maduras. 


Inspeccionando su rostro, se dio cuenta de que no llevaba maquillaje, quizás se había duchado al terminar las visitas. Le acarició suavemente la nuca y su pelo mojado confirmó su presuposición. Abandonándose al deseo que
intentaba reprimir, enterró la mano en la abundante melena, dejando que el rojo de sus rizos se derramara por sus dedos.


–Mierda –dijo en un susurro, navegando aquellas ondulaciones con delicadeza, dejándose llevar por el sutil olor a flores que embriagaba sus sentidos. Se agachó hasta poner la cara a la altura de la de Paula.


–Paula –dijo con delicadeza, su mano acariciándole el pelo.


Ella levantó la mano izquierda, que descansaba en sus rodillas, con la intención de darle un manotazo.


Él se echó hacia atrás para evitar el débil giro de muñeca.


–Necesito cerrar los ojos un minuto. Sólo un minuto –murmuró, arqueando los labios en un gesto de disgusto y enfado.


Los de Pedro, divertido, se arquearon formando una sonrisa mientras le masajeaba el cuero cabelludo.


–Hora de dormir, cielo.


Paula volvió a hacer un aspaviento, esta vez alcanzándolo en el hombro con un famélico golpe a medias.


–Durmiendo. Vete –balbuceó sin abrir los ojos.


Está completamente fuera de combate.


Con el dorso de la mano comprobó que la taza de café aún estaba templada. No hacía mucho que se había dormido pero, sin duda, estaba tan exhausta, tan falta de sueño que su capacidad de reacción era casi nula.


Pedro deslizó la agenda que Paula tenía debajo del brazo, echando un rápido vistazo a la página
abierta. No trabajaba los próximos cinco días. 


Realmente, no es que le causara sorpresa. 


Todos los festejos relacionados con la boda de Simon y Karen empezaban al día siguiente, con el ensayo de la ceremonia y la cena correspondiente.


Cerrando la agenda de un golpe se la guardó en el bolsillo de su chaqueta y empujó hacia atrás la silla de Paula, lo suficiente como para poder pasar un brazo por debajo de sus rodillas y otro por su espalda sin que su delicioso trasero cambiara de posición.


–Hora de acostarse, Paula –susurró con el grave de su voz.


–Cansada. Vete –respondió Paula irritada.


De pie, con aquella pequeña madeja de femineidad en los brazos, Pedro contempló el rostro de Paula.


Ni siquiera había abierto los ojos. Pero aún así seguía peleando. Con la cabeza descansando en el hombro de Pedro, buscó una posición más cómoda y le rodeó el cuello con los brazos.


–No puedes conmigo. Peso mucho –objetó arrastrando las palabras, como si estuviera bebida.


El comentario de Paula le parecía tal sinsentido que Pedro sonrió abiertamente, pasando revista al cuerpo de Paula mientras cambiaba su peso sobre el pecho. Tenía un cuerpo hecho para el pecado, un cuerpo que siempre había sido la tentación más profana de todas las tentaciones. 


Pedro le gustaban con curvas y Paula las tenía en abundancia. Sus pechos llenaban sobradamente la mano de un hombre. Su piel era seda. Su abundante y sinuoso trasero, firme. 


Se excitó fantaseando con tener sus redondeados muslos alrededor de la cintura, atrayéndolo hacia ella. El mero contacto de sus mullidas carnes lo hacían reventar la cremallera del pantalón, ansioso por enterrarse en ella, perderse en aquel cuerpo menudo, curvilíneo.


A Paula nunca le gustó su cuerpo, aunque para mí es el ideal de mujer.


Se rio entre dientes al tiempo que descolgaba la cartera de Paula del respaldo del sillón y se lo
colocaba sobre el vientre, saliendo pausadamente de la oficina al vestíbulo. Se paró delante de la puerta cerrada esperando que los de seguridad abrieran desde fuera. Llevó los labios al oído de Paula.


–Tienes el cuerpo de una diosa, cielo –le dijo en voz baja, profunda. A pesar de que sabía que ella no estaba lúcida, necesitaba decírselo de todas maneras.


–Gorda –respondió Paula como en un suspiro.


–Perfecta –respondió él sorprendido.


–Horrible color de pelo –murmuró, los ojos aún cerrados.


–Precioso –replicó él.


–Estás loco –dijo ella, con femenino tono de irritación.


–Probablemente –admitió Pedro, cruzando la puerta que su empleado había abierto. Se detuvo al lado de la puerta del copiloto de su Bugatti. El guardia se percató del sutil mensaje de Pedro y corrió a abrir la puerta del automóvil.


Paula dejó escapar otro leve suspiro, su aliento cálido acariciándole el cuello.


Pedro reprimió un gemido de placer.


Pedro dejó la madeja adorable de Paula en el asiento. Respiró aliviado. No podía estar tan cerca de ella. Su olor, sentir su cuerpo, lo volvían loco. Le abrochó el cinturón y aseguró la cartera sobre sus piernas antes de cerrar la puerta. Respiró hondamente y se dirigió al otro lado del coche. Levantó la mano en un gesto de silencioso agradecimiento a sus empleados mientras abría la puerta del conductor y se metía en el auto. Tras cerrar la puerta, arrancó el motor y se puso el cinturón de seguridad sin dejar de mirar a Paula a cada instante.


¡Mierda! Odiaba ver a Paula de esa manera, tan visiblemente cansada. Aunque le doliera, prefería ver a Paula echando pestes contra él, fulminándolo con la mirada, su voz chorreando ira, o sarcasmo.


Viéndola tan cansada, tan ausente, tan vulnerable, le destrozaba el corazón.


Con gran esfuerzo, desvió la mirada de ella, puso su Bugatti Veyron en marcha y tomó la decisión de hacer algo que, sin duda, la pondría de mal humor, aunque decidió también que no le iba a importar un huevo. No le cabía duda, si no intervenía ella volvería a la carga a la mañana siguiente, arrastrando su cuerpo exhausto de la cama a la clínica antes de asistir al ensayo y la cena por la tarde.


No va a ser así. ¡Y qué si me odia por esto! Ya sabe que soy un cabrón. No importa. Lo que importa es que ella esté bien.


Conectó su móvil en el cargador del salpicadero con la intención de hacer algunas llamadas. Dio la vuelta al coche y condujo en la misma dirección que llevaba en un principio.


Sonrió abiertamente, echando un fugaz vistazo a Paula antes de marcar el primer número y dar
órdenes a voz en grito aunque fuera la una de la mañana. Por suerte, su asistente personal era avispado y respondió inmediatamente. Pedro no solía llamarlo a esas horas. De hecho, Pedro no lo había llamado nunca a esas horas y David intuyó enseguida que tales exigencias eran importantes para su jefe. Completamente ajena a todo, Paula siguió durmiendo, ignorando que estaba a punto de disfrutar de unas cortas vacaciones, quisiera o no.




CAPITULO 13 (SEGUNDA HISTORIA)




-Se acabó! Esto es ridículo.


Pedro Alfonso se metió el teléfono móvil en el bolsillo de su Armani gris y pisó el freno de su
Bugatti, dándole al pedal con tanta fuerza que las llantas rechinaron en protesta. En medio de una vía secundaria de Tampa, cambió de sentido donde estaba prohibido hacerlo. 


Apretando los dientes, pisó el acelerador y voló en dirección opuesta a su mansión frente al mar.


¿Qué coño está haciendo? ¿Intentado matarse?


Lo cierto es que la Dra. Paula Chaves estaba a punto de matarlo a él. Estaba otra vez en su clínica de beneficencia. De noche. En un área deprimida de Tampa. Había estado allí cada noche de las dos últimas semanas, siendo él puntualmente informado por los de seguridad cada día que ella se quedaba hasta tarde. 


Durante catorce largas noches, él se había quedado en casa esperando la llamada de los de seguridad diciéndole cuándo salía Paula del edificio. Todos los días era después de las once. 


Hoy era el decimoquinto día y ya era medianoche. Y Paula aún no había salido de la clínica.


Cada noche había estado viendo a pacientes, voluntariamente, después de que terminaba su trabajo en el hospital. Obviamente, se quedaba tarde haciendo el papeleo y examinando casos después de cerrar la consulta, alrededor de las nueve. Cuando tenía varios días libres consecutivos los pasaba en la clínica.


Todo el día. Y también parte de la noche. No había forma de que continuara ese horario y no cayera muerta de cansancio.


Golpeando con frustración el volante con la palma de la mano, Pedro estaba decidido a averiguar qué coño estaba pasando. Paula siempre había trabajado como una mula, echando horas en su clínica en sus días libres, pero no de esta manera, no noche tras noche. 


Tenía servicio de seguridad porque Simon, el
hermano de Pedro, lo había dispuesto después de que a su prometida, Karen, casi la matan de un disparo durante un robo en la clínica, pero aún así no era un lugar seguro y la cantidad de horas que ponía Paula era ridícula. ¿Dormía alguna vez? ¿Comía?


Pedro no había visto a Paula desde su encuentro con ella en la clínica, hacía casi un mes, un breve interludio que le estaba costando trabajo olvidar. No necesitaba más que pensar en aquel beso, oler su perfume en el suéter que él llevaba aquella noche, una prenda que, por alguna extraña razón, aún no había echado a la ropa sucia, para tener una erección.


¡Mierda! Me está volviendo loco.


Con el ceño fruncido, dio un volantazo a la derecha y aceleró, el corazón agitado solo de pensar que vería a Paula otra vez y preguntándose qué habría hecho con las flores que le mandó el día de San Valentín. 


Una vez, hacía años, sólo había podido comprarle una simple rosa. Ahora, por fin le había dado las docenas de rosas que merecía. 


De acuerdo, fue una forma lamentable de disculparse por lo que había pasado hacía años, pero nunca había sido especialmente bueno con las disculpas. Él era Pedro Alfonsomultimillonario y co-propietario de Alfonso Corporation. No se había disculpado por nada desde … bueno…nunca, excepto por su borrachera en el cumpleaños de Simon el año pasado. Vale, quizás se había disculpado antes, pero no desde que era un niño y su madre lo agarraba de las orejas y lo obligaba a admitir su mal comportamiento. Había hecho el propósito de no hacer nada de lo que pudiera arrepentirse, excluyendo el incidente con Paula, años atrás, y el más reciente con Karen. Pero aún hoy no
estaba enteramente arrepentido de lo que le había hecho a Paula, sólo lamentaba el dolor que sus actos le habían causado. Realmente, su única disculpa en años había sido para Karen y su hermano por su conducta en el cumpleaños de Simon. Estaba borracho, deprimido, pero nada justificaba su bochornosa actitud. Por suerte, Simon y Karen lo habían perdonado, dejándolo todo en el pasado.


Hice daño a Paula, alguien a quien no hubiera querido herir nunca.


Pero lo hizo. Y eso sí que lo lamentaba.


Nunca me perdonará.


Giró a la izquierda y se adentró en un área no deseable de la ciudad. Pedro apretó la mandíbula. Sí, sabía que había perdido a Paula. 


Lo sabía desde el momento en que la apartó de él para siempre. Aún sentía dolor en el pecho cuando recordaba el rostro descompuesto de Paula, la desolación en sus hermosos ojos castaños. Ese fue el día en que él perdió el cielo, su cielo. Y aún después de tantos años de éxito, de dinero, de poder, su vida seguía cubierta de nubarrones, cuando no en total oscuridad.


Todavía puedo ser un amigo, aunque me odie. 


Se lo debo como amigo. Se está matando y tengo que pararla.


–Mierda –maldijo Pedro en voz baja pero contundentemente. ¿A quién quería engañar? Él no era un tipo altruista. La verdad es que quería verla, protegerla. La cena del ensayo de la boda iba a ser mañana y Paula estaría allí, pero no podía tolerar una noche más de preocupación por ella. Iba a acabar con la situación ahora, antes de que esa loca se enfermara por trabajar tantas horas y no dormir lo suficiente.


No se molestó en entrar en el aparcamiento. 


Dejó su carísimo coche deportivo al borde de la acera y se bajó haciendo un gesto con la mano a los dos guardias de seguridad que había a la entrada de la clínica.


–¿Está todavía aquí? –preguntó al que estaba más cerca de la puerta.


–Sí, señor. Aún no ha salido.


Diligentemente, el hombre seleccionó en su juego de llaves la que abría la puerta de la clínica.


Tiene que parar. De una puta vez.