lunes, 3 de septiembre de 2018

CAPITULO 33 (SEXTA HISTORIA)




Paula observaba y casi se le caía la baba mientras Pedro se quitaba la camisa levantándosela por el cuerpo y por encima de la cabeza. Todos los músculos del torso se flexionaron con la acción antes de que dejara caer la prenda al suelo.


Dedos ágiles se dirigieron a la solapa de sus pantalones y desabrochó los botones uno a uno. Su mirada salvaje y tumultuosa no abandonó el rostro de Paula ni un momento.


Ella tragó saliva cuando Pedro se quitó los pantalones y los calzoncillos.


Yacían en el suelo y él se paró delante de Paula, desnudo, hermoso. Se metió en la cama y empujó las sábanas y el edredón hasta los pies de la cama. Cruzó las manos detrás de la cabeza y siguió con su mirada ardiente.


—Me tienes. Ahora, ¿qué vas hacer conmigo?


«Ay, Dios. Jesusito de mi vida». Paula nunca había visto nada como Pedro, todo piel dorada y pelo revuelto que decía «fóllame», tumbado en la cama, esperándola.


«Ya he tenido relaciones íntimas con él antes. No tengo por qué estar nerviosa».


Habían estado juntos, se habían besado en los labios y en otras partes del cuerpo antes, pero aun así, Paula se mordisqueó el labio inferior con nerviosismo. Su cuerpo y su espíritu fuertes y poderosos la atraían y el sexo se le contrajo y se le inundó de deseo líquido con solo mirarlo. 


Tenía el pene erecto, listo y, evidentemente, muy ansioso.


—Contaba con que me explicaras cómo hacerlo —reconoció ella.


Él sacudió la cabeza lentamente.


—Desnúdate. Elige tú. Tú tienes el control, Paula.


Era un reto, y era un sacrificio para él. Paula vio sus acciones como lo que eran exactamente y eso hizo que sus ojos se humedecieran con lágrimas contenidas. Pedro era un hombre de acción, un macho alfa crudo que le dio el control porque quería que se sintiera como si ella fuera el agresor. Aquello iba contra su misma naturaleza y, sin embargo, lo hacía por ella.


«Bien, entonces. Puedo hacerlo».


Se levantó la camisa por encima de la cabeza y la dejó caer sobre la creciente pila de ropa en el suelo. El broche frontal de su sujetador se desabrochó fácilmente y Paula lo dejó caer sin siquiera mirar para verlo aterrizar en el suelo. Estaba demasiado ocupada observando el rostro de Pedro.


—Dios. Eres preciosa. —Su voz sonaba como si la hubieran raspado con una lija.


Mientras los ojos de Pedro admiraban sus pechos descaradamente, Paula se sintió hermosa, aunque sabía que en realidad no lo era. Su aspecto era corriente como mucho, su figura curvilínea no era aquello por lo que los hombres solían babear. Aun así, su cuerpo volvió a la vida; se le endurecieron los pezones mientras Pedro los miraba como si quisiera devorarlos.


—Eres todo mío por ahora. —Se deslizó los pantalones cortos y la ropa interior por las piernas; deseaba estar con Pedro más de lo que había deseado nada en toda su vida.


—Entonces, tómame —contestó él en tono seductor—. Y siempre he sido tuyo.


«Es él».


Cuando había estado yendo a terapia, su orientadora le dijo que algún día encontraría a un hombre en quien confiaría con su cuerpo. Pedro era ese hombre, el único hombre que había conseguido que su cuerpo ardiera en llamas en toda su vida.


—Haz conmigo lo que quieras —accedió él, la voz cargada de pasión, la mirada velada pasando a su rostro.


Paula gateó desnuda por la cama; no se sentía con tanta autoconfianza como le gustaría. Pedro era todo hombre, posiblemente más hombre de lo que ella podía manejar.


—No tengo mucha experiencia con la seducción —reconoció al arrodillarse junto a sus caderas.


—Cariño, tú no necesitas experiencia. Cuando se trata de ti, soy algo seguro —respondió él. Su tono sonaba dolorido, pero sus labios se retorcían con diversión.


Paula le devolvió una sonrisa débil, perdiéndose en sus ojos increíbles.


—Quiero tocarte.


—Hazlo —le dijo él en tono exigente—. Tal vez me mate, pero moriré feliz.


Paula se sentó a horcajadas sobre él, con cuidado. Su sexo ardiente descansaba en la parte superior de los muslos de Pedro. Con las palmas sobre sus hombros, Paula lo acarició con las manos por todo el pecho y se dejó explorar su piel caliente. Trazó cada músculo definido de su abdomen mientras se tomaba su tiempo para abrirse camino hasta a su pene duro como una roca.


La erección de Pedro sobresalía contra su estómago. Tomándolo en su mano, Paula se lamió los labios, secos de repente, mientras lo envolvía con los dedos y utilizaba el dedo índice para explorar el glande sensible.


—Eres muy grande —le dijo en tono maravillado.


Pedro dejó escapar un gemido ahogado y se aferró al cabecero de la cama, de madera, con las dos manos.


—Estás matándome, Paula. Bésame —insistió en voz baja y dominante.


La exigencia, mezclada con una súplica en su voz, hizo que Paula descendiera de inmediato con el tronco de su cuerpo sobre el de Pedro. Se estremeció con la sensación de su piel caliente al encontrarse con la suya. Sus pezones sensibles se raspaban contra su pecho mientras ella metía los dedos entre su pelo, intensificando su deseo con cada roce.


Sus miradas se encontraron y se mantuvieron: esferas de azul intenso y verde esmeralda colisionaron, todas rezumaban deseo desnudo. Pedro se había puesto al desnudo, se dejó crudo y abierto cuando sus manos agarraron el cabecero más fuerte. Se le pusieron blancos los dedos por el esfuerzo que estaba haciendo para no tomar el control.


Paula inclinó la cabeza y lo besó, vertiendo todas sus emociones en el beso.


Con el pelo áspero de Pedro en los puños, los rizos se deslizaban entre sus dedos; Paula gimió en su boca cuando él se hizo con el control del beso exigiendo su rendición, aunque ella estaba en la posición dominante en ese momento.


La lengua de Pedro restalló en su boca como un látigo, conquistándola, consumiéndola; sus manos pasaron de la madera detrás de su cabeza y la rodearon. Dedos embarcados en una búsqueda le recorrieron la espalda de arriba abajo hasta el trasero, tocando cada centímetro disponible de su piel.


A Paula se le contrajo el sexo con fuerza, como si suplicara su posesión.


Sus caderas rotaban contra la ingle de Pedro cuando este profundizó el beso, la caricia desesperada de sus labios contra los de ella carnal y necesitada. Paula sentía los mismos instintos fieros y salvajes. Su lengua se encontró con la de Pedro a cada roce; los pliegues de su sexo saturado se separaban a medida que ella clavaba las caderas contra él; necesitaba más.


Paula lanzó un gemido susurrante al separar los labios de los de Pedro.


—Por favor, Pedro. Necesito sentirte. Ayúdame.


La mano de él se deslizó entre ambos y descendió hasta la piel sensible entre los muslos de Paula.


—Nena, qué húmeda estás —dijo con voz ronca—. La agarró el cabello y tiró de su cabeza hacia atrás—. Mírame —rugió—. No dejes de mirarme. Quédate conmigo.


Paula movió las manos hasta su torso y utilizó la superficie dura y sólida para apoyarse.


—Por favor —lloriqueó. Su deseo era tan intenso al perderse en sus ojos cerúleos que jadeó.


—Di mi nombre. Dilo una y otra vez. No te atrevas a cerrar los ojos. Sigue mirándome. Has de saber qué estás haciendo exactamente, con quién estás exactamente —insistió Pedro. Sus dedos le acariciaban y le rodeaban el clítoris, saturados del deseo líquido de Paula.


—Pedro —gimió, deseosa de cerrar los ojos, pero manteniéndose concentrada en él. En ese momento, solo existía el feroz anhelo por el hombre que yacía bajo ella—. Pedro.


—Eso es, cariño. Sólo yo. Sólo yo —canturreaba suavemente con la mirada intensa al situar el glande del pene contra su vagina.


Las uñas de Paula se clavaron en la piel de su torso cuando él le agarró las caderas con delicadeza.


—Es elección tuya, Paula. Tómame o sigue como estamos. Es elección tuya —murmuró él con las mano aún sobre las caderas de Paula. Esperando.


«Tómalo. Tómalo. Tómalo».


Ella observó mientras la expresión facial de Pedro se ensombrecía. Un músculo en su mandíbula se crispó mientras la miraba fijamente, listo para que ella hiciera esa elección.


Paula no deseaba nada más que darles a ambos lo que querían, de modo que descendió lentamente sobre su pene. Las paredes de su vagina se estiraron a medida que lo aceptaban en su interior.


—Pedro. —Gimió al hundirse finalmente en su asta.


—¡Hala, nena! —dijo Pedro con voz ronca manteniendo sus caderas inmóviles—. Despacio.


Paula sentía la plenitud de Pedro en su interior y no quería ir despacio. Pero también sintió una punzada de dolor provocada al aceptar su enorme miembro y se obligó a hundirse más despacio.


—Es que te deseo tanto.


Centímetro a centímetro, su vaina cedió y sus músculos se relajaron para permitirle la entrada. 


El dolor se acabó a medida que Pedro se introdujo lentamente en su interior, sin dejar que ella se hundiera demasiado rápido sobre él. Con el rostro contorsionado, como si luchara por mantener el control, sus ojos tranquilizadores nunca abandonaron los de Paula.


Finalmente, Paula estaba completamente sentada y Pedro relajó su agarre sobre sus caderas. Al clavar la mirada sobre la de Pedro, se le hinchó el corazón y su cuerpo se encendió; la sensación de tenerlo completamente en su interior era abrumadora y sublime.


—Joder. Qué bien te siento, nena, tan increíblemente húmeda y caliente — respondió Pedro en tono gutural.


Cuando su cuerpo lo aceptó, Paula dejó escapar un gemido sensual de satisfacción. Se sentía llena, estirada; todo en su interior cedía el paso a Pedro.


Las manos de él le agarraron las caderas con más fuerza.


—Fóllame, Paula. Te necesito.


La súplica de Pedro fue su perdición; la agonía en su mirada la desató.


Dejándose guiar por el agarre sobre sus caderas, ahora suave, Paula se levantó y volvió a hundirse sobre él. Un gemido gutural de satisfacción se escapó entre sus labios y resonó en la habitación. Le sostuvo la mirada; sólo necesitaba eliminar la mirada angustiosa de sus ojos, hacer que se tornara en una de deseo y saciedad. El deseo fluía por su propio cuerpo y quería que él le cediera el paso.


—¿Estás bien? —resopló él, la voz grave y áspera.


—Sí —siseó Paula. Se desató la espiral en su vientre, su cuerpo se movió con él cuando las caderas de Pedro se levantaron para encontrarse con la suyas; el choque de piel contra piel la hipnotizaba. La unión sencilla y elemental la consumía y sus ojos pestañeaban mientras se mecía contra él.


—Sigue mirándome. No te dejes llevar. No me dejes ahora —rugió Pedro mientras le agarraba el pelo y la obligaba a mantener el contacto visual.


—Pedro —susurró ella con un suspiro agitado. 


Al inclinarse hacia abajo para capturar su boca con la suya porque no podía contenerse, le metió la lengua en la boca imitando el ritmo de su pene que la acariciaba por dentro.


Él se sentó de repente, sin romper el beso, con una fuerte mano sobre el trasero de Paula mientras sus caderas se levantaban más duro, más rápido, y la sostenían firmemente para que lo aceptara. Todavía a horcajadas sobre su regazo, le rodeó los poderosos hombros con los brazos, incapaz de negar su clímax inminente. El ángulo de sus embestidas le acariciaba bruscamente el clítoris a cada embestida; Paula se perdió para todo excepto para Pedro.


Apartó la boca de la suya e inclinó la cabeza hacia atrás cuando un potente orgasmo la atravesó, incapaz de hacer nada excepto gritar su nombre.


—¡Ah, Dios! ¡Pedro!


—Soy yo, cariño. Sólo soy yo —le recordó al oído con voz áspera y excitada. Su vagina atrapó el pene de Pedro y succionaba a medida que él bombeaba durante los espasmos con un gemido atormentado—. Joder, sí. Vente conmigo, Paula —exigió mientras le agarraba el trasero con las dos manos y se enterraba hasta las pelotas. Su propio desahogo palpitaba mientras ella se estremecía en torno a su miembro.


El corazón acelerado de Paula le batía en el pecho a Pedro mientras permanecieron entrelazados. La mano de este le acariciaba la espalda y el cuello mientras la sostenía contra él y su torso subía y bajaba jadeante.


—Santo Dios —carraspeó. Su cuerpo se estremeció al desplomarse sobre la almohada llevándose a Paula consigo.


Estupefacta, Paula no se movió ni habló. Se quedó desparramada sobre su cuerpo enorme y escurridizo por el sudor, intentando recobrar el aliento.


Finalmente, Pedro dijo con voz retumbante.


—¿Estás bien?


Paula era libre. Sinceramente, se sentía como si pudiera volar.


—Sí. Estoy mejor que bien —respondió sin aliento—. Ha sido increíble. ¿Es así siempre? —se preguntó ella en voz alta.


—Nunca —respondió Pedro con énfasis—. Puede ser bueno, pero nunca es tan bueno. Tenemos una química increíble.


Paula sonrió contra su piel húmeda.


—Gracias.


—¿Por qué? —preguntó él, confuso.


—Por ayudarme. —Tal vez Pedro no lograba entender lo que significaba para ella ser capaz de estar realmente con un hombre y encontrar semejante éxtasis en un acto que previamente le resultaba aberrante—. Por fin me siento… liberada.


—Preferiría que solo explorases tu independencia sexual conmigo —gruñó Pedro.


Ella rió encantada.


—Ahora mismo, creo que eres el único hombre al que puedo explorar.


—Puedes usarme con total libertad para cualquier investigación que quieras llevar a cabo —respondió Pedro con vehemencia—. Por favor.


Finalmente, Paula levantó su cuerpo aletargado del cuerpo de Pedro y se separó de él para deslizarse a su lado con una risita.


—Me honra que te pongas a mi disposición.


Él volvió la cabeza. Sus ojos la atravesaron con una mirada ansiosa.


—¿De verdad estás bien?


A ella le dio un vuelco el corazón. La mirada de preocupación en sus ojos la conmovió. Apoyó una palma en su mejilla y le acarició la mandíbula con barba incipiente.


—Estoy bien. Supongo que por fin he encontrado a un hombre en el que puedo confiar con mi cuerpo. No te abandoné en ningún momento, Pedro. Ni una sola vez. Sabía exactamente con quién estaba y quién estaba haciendo que mi cuerpo llegara al clímax. No estoy segura de si podría hacer esto con nadie más excepto contigo.


—No quiero que lo hagas con nadie más excepto conmigo —respondió él bruscamente, posesivamente. Le rodeó la espalda con un fuerte brazo y rodó sobre su costado para situarlos frente a frente.




domingo, 2 de septiembre de 2018

CAPITULO 32 (SEXTA HISTORIA)



Pedro miró el anillo en la mano de ella con gesto posesivo.


«Es mía. Nada de divorcio. Nada de anulación».


A Pedro se le retorció el labio al intentar no sonreír ante el gesto feroz e irritado de Paula. Estaba molesta por él, enojada por él.


—Fue hace mucho tiempo. —La agarró por la cintura, necesitaba volver a tenerla en sus brazos. Volvió a sentarla en su regazo—. Además, si no me hubiera puesto de patitas en la calle, tal vez no estaría aquí ahora mismo. 


Habría estado allí y lo sabía. Desde que ella tenía dieciocho años y él, veintitrés, nunca había habido nadie más para él excepto Paula. Es posible que hubiera estado aguardando su momento, esperando, pero su relación después de la universidad habría terminado de todas formas. Paula siempre había estado ahí, rondándole la cabeza, sin permitirle tener nada serio con nadie de modo subconsciente, porque nunca podría sentir por ninguna mujer lo mismo
que sentía por Paula. Estaba exactamente donde se suponía que tenía que estar en ese preciso momento. La pesadilla que había sufrido Paula lo acosaría siempre. Su conciencia hizo que se preguntara si tal vez no habría ocurrido de haberla perseguido él antes de que ella se graduara en la universidad o poco después. Era imposible que hubiera ido a correr mundo sin protección si él hubiera estado en su vida. Y debería haber estado en su vida.


—No me gusta pensar que nadie te haga daño —le dijo Paula en voz baja mientras le acariciaba la mejilla con la suave palma de su mano.


—Ahora sabes cómo me siento yo. Lo que te ocurrió me está matando — dijo con voz áspera—. No puedo llevármelo ni hacer que desaparezca. Desearía poder hacerlo. Pero ahora no tienes que demostrarle nada a nadie. Especialmente no a un hombre muerto.


—Lo sé. —Ladeó la cabeza y lo miró—. No quiero estar contigo por nadie más que por mí misma. Eres el primer hombre que me ha hecho sentir viva de esta manera en mi vida.


«Mía».


Que Dios lo ayudara, pero él sentía exactamente lo mismo. El problema era que no estaba seguro de cómo controlar las cosas con Paula. Ella hacía que necesitara. Que quisiera. Desesperadamente. De una manera tan primitiva y elemental que no estaba seguro de poder darle lo que necesitaba.


—Esto no será fácil para mí —reconoció con voz ronca—. A veces me siento como si perdiera el control cuando estoy contigo. Y me gusta tener el control en la cama. Contigo, casi siento una necesidad loca de sujetarte y hacer que te sometas a mí. Estoy obsesionado con desearte.


Paula le apartó un mechón de pelo errante de la frente con una caricia.


—No eres tú. Soy yo. Mi cuerpo responde a cada parte de ti, especialmente a la manera dominante y posesiva en que tomas el control de mi cuerpo. Es mi mente la que está teniendo un problema.


—Entonces voy a necesitar que te quedes conmigo, en cuerpo y mente, cariño. No te esfumes. —Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, hambrientos —. Respóndeme a mí y sólo a mí. Veme a mí y sólo a mí. Siénteme a mi y sólo a mí.


Pedro vio la mirada de anhelo en sus ojos esmeralda líquido y estuvo a punto de lanzarse. 


El pene le palpitaba por enterrarse en el sexo de Paula.


Ella asintió y se abrazó a su cuello.


—Te necesito.


Era la primera vez en su vida que había oído a alguien decir esas palabras sin que estuvieran relacionadas con el dinero. Paula lo deseaba a él, lo necesitaba a él.


—Me tienes. —Se puso en pie con ella en brazos, la cosa más preciosa que había tenido nunca.


—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella con curiosidad.


Pedro no Interrumpió el paso mientras la llevaba al dormitorio.


—Es hora de la primera lección, melocotoncito, antes de que me vuelva completamente loco.


—Tenemos dos semanas —respondió ella, pero habló en voz baja y nublada de deseo.


—No es tiempo suficiente —le dijo Pedro bruscamente mientras bajaba sus pies al suelo.


«No es tiempo suficiente ni de lejos».



CAPITULO 31 (SEXTA HISTORIA)




Pedro estaba en el infierno y se sentía casi como el mismo diablo.


«¡Cobarde!».


La conciencia lo corroía después de lo que Paula le había revelado, lo machacaba para que le contara a Paula que había maquinado toda aquella farsa a sangre fría para hacer que se casara con él. Pero ¿cómo podía hacerlo ahora, cuando necesitaba desesperadamente que confiara en él?


¡Dios! Le había mentido, la había manipulado, la había acusado de cosas horribles de las que no era culpable en absoluto. La habían violado.
Repetidamente. La habían golpeado. 


Aterrorizado. Lo único que quería hacer él era arreglarlo todo, borrarlo todo. Pero no podía y se odiaba por ello.


«¡Cabrón! ¡Imbécil! ¡Idiota egoísta!


Paula había sufrido horrores que él ni siquiera podía imaginar y, sin embargo, a él ni siquiera se le había ocurrido pensar que tal vez algo anduviera gravemente mal con ella. Había estado demasiado preocupado por sí mismo, por cómo podía acostarse con ella para aliviar sus propias necesidades. ¿Había pensado en las necesidades de Paula? No… no lo había hecho y deberían darle un tiro por ser un hijo de puta tan egocéntrico.


Ella había sido lo bastante valiente como para divulgar sus propios secretos que le habían cambiado la vida, y estos le habían puesto el estómago del revés a Pedro. No podía pensar en su terrible experiencia, en lo mucho que había sufrido ni en lo cerca que había estado de morir sin perder la cabeza por completo. Solo de pensar en ella atrapada en el maletero de un coche, llevada Dios sabe dónde en un país extranjero y violada una y otra vez hizo que el cuerpo entero le temblara de furia. Sus instintos protectores estaban al máximo y no quería volver a perderla de vista nunca más.


Pedro estaba bastante seguro de que si la mayoría de la gente hubiera pasado por el mismo calvario que había sufrido Paula, nunca volvería a plantar un pie fuera del país. Sin embargo, ella había vuelto, decidida a no permitir que aquella experiencia se hiciera con el control de su vida. Dios.


Para eso hacían falta agallas. Tal vez Gustavo tenía razón cuando dijo que Paula tenía huevos.


Obviamente, Gustavo había reconocido a Paula, pero no había dicho que la conocía. Aquello enojó a Pedro le dio una lección de humildad al mismo tiempo. Colter había guardado los secretos de Paula, pero Pedro desearía que
el cabrón arrogante hubiera dicho algo, que le hubiera hecho una advertencia de todo lo que había sufrido Paula. Pedro sabía que había sido un completo imbécil con su amigo sólo por un abrazo —y con Paula, por la boda falsa—, y en ese momento no se gustaba mucho. Colter le había salvado la vida a Paula; por eso, Pedro quería abrazar al arrogante de Gustavo él mismo, darle las gracias por protegerla cuando él mismo había fracasado a la hora de hacerlo.


«Nunca ha estado con ningún hombre excepto por la fuerza».


¡Dios! Quería ser el hombre que le enseñara que el sexo no era malo. El único hombre. La mera idea de alguien más la tocara hizo que estrechara su abrazo hasta que ella chilló.


—Lo siento. —La besó en la cabeza—. Me siento un poco protector.


«¡Me siento un poco loco! Vale… es posible que más que un poco».


—No necesito tu protección, Pedro. Necesito acostarme contigo y que me ayudes a que me guste —le dijo con voz seductora, trémula.


Pedro casi rugió. Para él, ambas cosas iban de la mano. Quería reivindicarla, marcarla como suya teniendo sexo con ella hasta hacerle perder la cabeza, hacerla suya para protegerla. No quería que recordara nada sexualmente antes que a él. Pero a él mismo casi le aterrorizaba el acto ahora.


¿Y si le hacía daño? Aun así, si eso era lo que quería Paula, y él le daría cualquier puñetera cosa que quisiera.


—Hablando de protección, me has dicho que estás sana, pero no me has preguntado si yo lo estoy —mencionó bruscamente.


—Confío en ti —susurró ella suavemente—. Si no lo estuvieras, me lo habrías dicho.


¡Zas!


Su conciencia le dio una bofetada. ¡Fuerte! Ella confiaba en él y, sin embargo, en realidad él no era merecedor de su confianza.


«No puedo contárselo ahora mismo. Todavía no. Tiene que ser capaz de confiar en mí. A partir de este momento, nunca haré nada para traicionar esa confianza. Algún día tendré que contárselo, pero primero voy a intentar darle lo que quiere.


—Soy prudente. Nunca he tenido sexo sin mi propia protección. No soy precisamente confiado —reconoció sinceramente.


Bajo de su regazo contoneándose y se sentó junto a él. Su mirada de ojos verdes examinaba el rostro de Pedro con curiosidad.


—¿Con cuántas mujeres has estado?


Pedro tragó un nudo en la garganta y se atragantó al responder.


—Bastantes.


Paula se cruzó de brazos.


—¿Cuántas?


Sinceramente, Pedro se avergonzaba de admitir que no podía contarlas.


—No lo sé. No me acuerdo. —Ya sabía que, antes de Paula, ninguna de ellas importaba realmente. Todas habían sido un bálsamo para una herida, un arreglo temporal, ya que todas querían lo mismo que él: sexo sin ataduras.


—No has tenido novia. ¿Nunca? —preguntó con el ceño ligeramente fruncido.


—Una vez. Cuando estaba en la universidad.


—¿Qué pasó?


—Me dejó cuando averiguó que yo no era tan rico como ella pensaba.


—¿¡Qué!? —gritó Paula.


Pedro se encogió de hombros.


—En serio. Me dejó ella. Empecé a hablar de los problemas que estaba teniendo con la empresa de mi padre cuando nos graduamos y me dejó por un hombre más rico. Supongo que estar conmigo era demasiado arriesgado —le contó a Paula con una sonrisa triste.


Cierto es que le había dolido en aquel momento, pero Pedro lo superó bastante rápido. Estaba demasiado ocupado intentando salvar la compañía como para preocuparse por la relación. Tal vez aquello lo había convertido en alguien cauteloso y mucho más informal acerca de las relaciones, pero no le había roto el corazón.


—Nadie rompería con Pedro Alfonso —bufó Paulacon incredulidad—. Debía de estar loca.


—¿De verdad soy semejante premio, Paula? Estás planeando divorciarte de mí. —En secreto, se deleitó con la indignación de Paula porque una mujer lo hubiera dejado años atrás.


—Podemos anular el matrimonio. No estábamos en nuestros cabales precisamente. Y esto es diferente. Tenemos un acuerdo —respondió dubitativa —. Ella era tu novia de verdad. No tenía excusa para hacerte daño.