martes, 4 de septiembre de 2018

CAPITULO 37 (SEXTA HISTORIA)




Paula se rindió completamente y gimió desesperada en su boca cuando Pedro le agarró el trasero, intentando dar forma a sus cuerpos unidos para imitar las acciones de sus lenguas, que se buscaban necesitadas. Quería la dominación del Pedro, ansiaba que le mostrara que la deseaba más allá de la razón. El miedo no era un problema. El deseo reinaba soberano y a Paula tenía unas ganas locas de experimentar la total pérdida de control de Pedro, de permitirle enseñarle todo lo que se había perdido durante tanto tiempo. Paula se sentía atrevida y Pedro la había ayudado a recuperar su poder. Ahora, lo único que deseaba era… a él.


Se apartó de él, jadeando.


—Fóllame, Pedro. Te necesito.


Él dejó escapar un gemido ahogado y se puso en pie con las piernas de Paula todavía rodeando su cuerpo fuerte y sus manos apretándole el trasero.


—Bien sabe Dios que lo deseo, nena. Sólo tengo miedo de hacer algo mal. ¿Y si te duele porque estamos haciéndolo otra vez demasiado pronto?


A ella se le derritió el corazón cuando su voz ronca, tan grave y llena de pasión, también tembló de preocupación… por ella.


—No dolerá —le aseguró ella. Paula sabía instintivamente que tenía razón.


Sabía exactamente con quién estaba y por qué estaba con él.


—No tengo el control que necesito para estar contigo —protestó Pedro mientras los conducía a ambos al dormitorio—. Pero haré que te vengas — gruñó. Los pies de Paula aterrizaron en el suelo cuando él se detuvo en el dormitorio—. Desnúdate –exigió con voz áspera de deseo contenido.


Paula no iba a aceptar. Necesitaba a Pedro dentro.


—Hazlo tú —replicó dando un paso atrás con las manos a los costados—. Cuando hicimos nuestro trato, te dije que haría lo que quisieras. Oblígame a hacerlo —lo retó sin parpadear mientras observaba cómo se le dilataban las fosas nasales y se le crispaba el músculo de la mandíbula.


—¿Por qué?


—Porque quiero que lo hagas —respondió en tono seductor, fascinada al verlo luchar consigo mismo. Necesitaban superar el miedo de Pedro a hacerle daño. La necesidad de Paula de sentirlo puro e indómito la golpeaba
repetidamente; su deseo de rendirse era un potente afrodisiaco—. Sé con quién estoy. Ahora, hazlo, Pedro —lo engatusó, utilizando su nombre deliberadamente.


Los ojos de Pedro destellaban calor líquido y alzó las manos hasta los pequeños botones de su camisa de manga corta de algodón.


—Necesito tocarte, Paula. —Sus dedos luchaban con el primer botón hasta que finalmente agarró ambos lados del material y la abrió de un tirón. Los botones se esparcieron por todas partes. Sin molestarse con el broche del sujetador, hizo lo mismo para liberar sus pechos cuando el material de encaje cedió ante su fuerte agarre.


El sexo de Paula se inundó de deseo cuando vio sus ojos hambrientos vagando por sus pechos expuestos. Estiró el brazo y le agarró la camiseta, intentando empujarla hacia arriba para quitársela del cuerpo. Él levantó los brazos, dejó que tirase de la camiseta y la arrojó al suelo antes de deshacerse de su sujetador y de su camisa deshilachada tirando de las mangas y dejando que cayeran sobre la lujosa alfombra sin hacer ruido.


Ahora de rodillas, Pedro dejó que sus manos recorrieran la parte superior del cuerpo de Paula, que ahuecaran sus pechos y que jugaran con sus pezones sensibles con los pulgares. Ella apoyó las manos sobre sus hombros, cerró los ojos y gimió al sentir su boca cálida al dejar besos húmedos sobre su vientre, al sentir las caricias de sus dedos sobre los pezones. Él sensibilizaba cada centímetro de piel que tocaba y su cuerpo temblaba, ansioso y hambriento.


—Por favor —suplicó ella con todos los nervios electrizados.


Otra espiral de deseo se irguió entre sus muslos cuando volvió a pellizcarle los pezones. 


Descendió con las manos por su vientre y le desabrochó el botón de los pantalones. Bajó la cremallera y agarró los pantalones y su ropa interior; sus fuertes bíceps se flexionaron al tirar de ellos por sus muslos.


—Quítatelos —ordenó Pedro con voz gutural.


Utilizando sus hombros para sujetarse, Paula se quitó los pantalones y las braguitas y permaneció de pie frente a él, completamente desnuda. Su cuerpo y su mente estaban totalmente concentrados en Pedro; no se sentía cohibida.


Obviamente, le gustaban sus anchas caderas y su trasero.


Su cuerpo descendió aún más, su trasero casi en la alfombra. Sopló con aliento cálido sobre su sexo e hizo que Paula sintiera escalofríos a la
expectativa.


—Sí —gimió—. Por favor. —Necesitaba que su boca caliente y hambrienta la devorase.


Recorriendo con las manos la parte externa de sus muslos hacia abajo, volvió a ascender con ellas hasta la piel sensible del interior de sus piernas y le rozó el sexo.


—Eres tan preciosa —afirmó, cautivado mientras acariciaba el vello recortado de su sexo—. Este es tan encendido como tu cabello. —Su dedo pulgar separó los pliegues de Paula y se deslizó a través del calor resbaladizo para rodear su clítoris.


Paula jadeó. El aliento cálido de Pedro soplaba sobre su sexo; su dedo juguetón sobre el palpitante haz de nervios estaba a punto de hacer que ardiera en llamas.


—Pedro—suplicó.


—Eso es, cariño. Di mi nombre. Recuerda quién va a hacer que te vengas. Agárrate a mí. —De pronto, Pedro levantó una de las piernas de Paula por encima de su hombro y después le agarró el trasero para atraer su sexo contra su rostro y la devoró como si su vida dependiera de ella para su sustento.


«¡Jesusito de mi vida!». 


Las uñas cortas de Paula se clavaron en sus
hombros cuando Pedro se sumergió en su sexo y utilizó toda la boca para arrasarla. Su lengua le bañaba la piel, la lamía desde la vagina hasta el clítoris, una y otra vez, marcándola como suya mientras un grito ahogado salía de sus labios, el calor de su boca sobre ella abrumador.


—¡Oh, Dios! Pedro. ¡Sí! —Al mirar abajo, se sintió arder cuando vio su cabeza dorada entre los muslos, perdido en el acto carnal de darle placer. Una mano se clavó en su bonito pelo desaliñado y Paula se agarró, instándolo a que
lo hiciera más fuerte, más profundo. Cuando su lengua se centró en su clítoris, cada movimiento rápido sobre el manojo sensible hacía que su cuerpo se sacudiera—. Lléname, Pedro. Por favor—. Ahora necesitaba el acto que Pedro
había llevado a cabo en la ducha y que le había hecho revivir una experiencia horrorosa. No cabía duda de que iba a tener un orgasmo; su cuerpo ya palpitaba—. Ahora —suplicó desesperadamente cuando sintió sus dudas—. Te necesito. —Quería que Pedro la consumiera por completo.


Él deslizó dos dedos en su interior, los curvó contra un punto G que ni siquiera se había dado cuenta de que tenía y lo acarició una y otra vez.


Paula implosionó. Su vagina se contraía alrededor de los dedos de Pedro mientras ella echaba la cabeza hacia atrás y dejaba que su intenso clímax se apoderase de ella; su cuerpo se estremecía mientras gritaba su nombre.


—¡Pedro!


Él se puso en pie y la sujetó antes de que se cayera. Sus dedos siguieron dándole cada ápice de placer que él pudiera sacarle a Paula. La cabeza de esta cayó hacia delante y aterrizó en su pecho. Con bocanadas erráticas y pesadas, su corazón galopaba mientras ella se sujetaba a Pedro para apoyarse.


Él movió la mano de entre sus muslos y le rodeó la cintura con ella, sosteniéndola, mientras su otra mano le acariciaba la espalda de arriba abajo.


Mientras recuperaba el equilibrio, Pedro la tomó en brazos y la acarreó la corta distancia que los separaba de la cama para recostarla encima de la sedosa colcha. Ella observó cómo se arrancaba los pantalones y los calzoncillos a toda prisa, dejándolo sin más vestimenta que su piel dorada; su desnudez quitaba el aliento.


A Paula se le cortó la respiración al verlo gatear por la cama, acechándola.


—Una vez no fue suficiente —le dijo con voz áspera—. No hay nada mejor que oírte gritar mi nombre mientras te hago llegar al orgasmo.


Dios, era magnífico, tan salvaje y silvestre como Paula quería que fuera.


—Entonces, fóllame —le dijo ella con voz trémula. Necesitaba todo lo que era Pedro, lo quería exactamente como estaba ahora.


Él se situó entre sus muslos y cubrió la parte inferior de su cuerpo, la boca contra uno de sus pechos.


—Mira hacia arriba. Recuerda con quién estás ahora mismo exactamente, nena.


Paula obedeció; sus ojos pasaron desde la parte superior de su cabeza rubia al dosel de la cama. Se sorprendió al ver su propia imagen a punto de ser arrasada por Pedro



CAPITULO 36 (SEXTA HISTORIA)





Más tarde aquella noche, Paula observó a Pedro desde la cocina —comérselo con los ojos se había convertido rápidamente en su actividad favorita— mientras trabajaba desde su ordenador portátil en uno de los sillones reclinables del salón. Parecía inmerso en sus pensamientos, los ojos entrecerrados mientras estudiaba algo que probablemente eran datos. Paula había cocinado la cena y lo exhortó a que saliera de la cocina a terminar lo que estuviera haciendo en cuanto acabaran de comer. Él le dijo que estaba en medio de un proyecto y ella se opuso cuando él se mostró dispuesto a ir de compras con ella un poco antes aquel día. Le dijo que terminara lo que tuviera que hacer mientras ella iba a la ciudad. Le lanzó una mirada que decía que no quería que fuera a ninguna parte sin ella y Paula le recordó que solo iba de compras. No era como si fuera a cazar una tormenta. De hecho, Pedro la recibió en la puerta con una mirada de alivio cuando volvió y le propinó un beso ardiente que hizo que le hirviera todo el cuerpo hasta los dedos de los pies, pasando por cada parte de su anatomía.


Paula se mordió el labio para contener una carcajada cuando Daisy saltó sobre la silla y anduvo por encima del portátil de Pedro como si él y el ordenador le pertenecieran. El corazón le dio saltitos de alegría al verlo apartar a Daisy amablemente, colocar a la gata junto a sus muslos y prestarle la atención que obviamente quería acariciándole la cabeza y el cuerpo sedoso repetidamente. A Paula se le pusieron los ojos llorosos al darle cuenta de que Pedro le susurraba algo a una gata sorda que no podía oír ni una palabra de lo que decía. Daisy disfrutaba de la atención como si pudiera oír sus palabras reconfortantes y le golpeaba la tripa para que siguiera acariciándola.


El Pedro al que adoraba había vuelto, el chico cariñoso que había crecido hasta convertirse en un hombre protector, dominante y bondadoso. 


Verlo, ver al hombre que era realmente, hizo que fuera aún más difícil resistirse a él. No había detectado ninguna señal del cabrón despiadado que había intentado chantajearla. En lugar de eso, una lágrima le cayó por la mejilla al ver que Pedro seguía hablando con Daisy, apartaba el ordenador y dejaba que esta se acurrucara en su regazo mientras utilizaba ambas manos para acariciar el cuerpo de la gatita, encantada.


Se secó la lágrima con la mano, abrió la nevera y sacó una de las chocolatinas que había reservado como sorpresa.


—Pensaba que a la mayor parte de los hombres no les gustaban los gatos — dijo informalmente al entrar a paso tranquilo en el salón.


—Parece que yo sí le gusto a ella —dijo Pedro a la defensiva. Siguió acariciando a Daisy mientras la observaba acercándose hacia él.


Ella se detuvo junto al sillón.


—Abre la boca. Te he comprado una cosa hoy.


Él la miró con cautela.


—Si es una ostra de las Rocosas, te daré un azote en el trasero —le advirtió en tono grave y amenazante.


—Ummm… No… no lo es. Pero casi desearía que lo fuera ahora mismo — caviló en voz alta antes de poder autocensurar sus palabras. Había algo en la preferencia de Pedro por ser dominante que la excitaba y la doblegaba a la vez. Dejar que tomara la iniciativa tenía que matarlo y, sin embargo, lo hacía por ella—. Abre —pidió dulcemente—. Por favor —añadió.


Pedro le lanzó una mirada sorprendida pero ardiente por su comentario acerca del azote. 


Finalmente, cerró los ojos y abrió la boca, un gesto de confianza que hizo que a Paula se le acelerase el corazón. Ella dejó caer la tortuga de chocolate con leche y nueces en su boca y observó cómo masticaba y gemía cuando el chocolate golpeó sus papilas gustativas.


—¿Está bueno? —Ya sabía la respuesta. Había reconocido el nombre de la chocolatería cuando estaba de compras antes. Era una pequeña empresa que tenía varias tiendas en Colorado. 


Sus chocolatinas eran de otro mundo.


Pedro tragó con una mirada exultante en la cara.


—Dime que tienes más. —Su tono de voz era exigente y suplicante a la vez.


—Tengo más —accedió ella obediente y sonriendo—. Ya te conozco con el chocolate.


—He tomado chocolate en todo el mundo, y ese es increíble. —Dejó a Daisy en el suelo con delicadeza y movió el portátil al suelo, junto al sillón reclinable.


Paula dio un chillido cuando Pedro le rodeó la cintura con el brazo y la atrajo sobre su regazo. Recuperándose rápidamente, se sentó a horcajadas sobre él y dejó que sus piernas colgaran a ambos lados del sillón.


—Ya era hora de que llegara mi turno —le dijo con falsa indignación—. Estaba poniéndome celosa de mi propia gata.


Él le dio una palmada en el trasero y la atrajo más cerca de él.


—Me gusta tu gata, nena. Pero la sensación contigo es muchísimo mejor. — Su mano ascendió por debajo de la camiseta de Paula y le acarició la piel desnuda de la espalda.


Paula casi ronroneó como Daisy cuando la caricia de Pedro lanzó una llamarada de fuego por sus venas. Le rodeó el cuello con los brazos.


—No puedo esperar a mañana, Pedro. Te necesito. —Sentía su erección dura presionando el denim de los pantalones y movió las caderas para hacer que su sexo saturado y caliente se acercara más.


«Necesito acercarme más. Lo necesito dentro de mí».


—Paula. —Sonaba torturado al llevar una de sus manos a la nuca de ella y atraer su boca contra la suya.


Ella respondió de inmediato, adelantó las caderas de nuevo y enredó los dedos en su pelo desaliñado para revolverlo más aún.




lunes, 3 de septiembre de 2018

CAPITULO 35 (SEXTA HISTORIA)




Paula rebuscó en su bolso, hizo caso omiso de la tarjeta de crédito que Pedro le había dado antes de dejarla en su expedición de compras en la ciudad de Rocky Springs y, en lugar de esta, sacó su propia tarjeta. Se la entregó al amistoso hombre mayor tras el mostrador, contenta de haber encontrado casi todo lo que quería y más.


La tienda de artículos deportivos tenía una amplia variedad de material de senderismo, ropa y otros artículos que quería comprar. Pedro le había entregado dubitativo las llaves de su coche de alquiler, como si pensara que fuera a escaparse.


«Como si de verdad fuera a dejar a un hombre que me proporciona los orgasmos más increíbles que he experimentado nunca».


Quería más, mucho más, y había compartido con él ese pequeño secreto al quitarle las llaves, lo cual fue premiado con una sonrisa de esas que derriten el corazón y un beso que quitaba el aliento antes de salir de la casa de invitados.


Después de firmar la compra, la llevó al coche, abrió el maletero apretando un botón y la guardó en lugar seguro, en el espacioso maletero del todoterreno negro. Cuando el portón empezó a cerrarse, sonrió con superioridad al percatarse de que aunque el Escalade era un coche más caro que el suyo, probablemente era el automóvil más barato que Pedro había conducido nunca. En aquella zona había muy poca necesidad de coches deportivos caros, y probablemente era lo único disponible en la pequeña ciudad.


A Pedro siempre le habían gustado los coches de alto rendimiento y uno de sus pasatiempos cuando era adolescente era restaurar coches deportivos clásicos. Se preguntaba si seguía haciéndolo o si había dejado el pasatiempo porque podía permitirse cualquier coche que quisiera completamente restaurado.


Paula se detuvo, miró a ambos lados de la calle y sonrió al divisar una fábrica de chocolate gourmet. Esa tendría que ser su última parada o el chocolate se derretiría antes de que volviera con Pedro.


Rocky Springs era una encantadora ciudad de montaña que le recordaba a varias otras ciudades pequeñas y pueblos de Colorado. La zona del centro, la calle principal, era una colección de tiendas útiles y eclécticas, principalmente pequeños negocios y tiendas de especialidades.


Al no ver lo que quería, entrecerró los ojos hacia la luz, intentando ver lo que había al otro lado de la calle.


—Pareces perdida —dijo afablemente una voz femenina y amistosa.


Paula volvió la cabeza para mirar a la mujer, una bonita morena con el pelo negro como el carbón que le caía en una cortina larga y lisa por los hombros y la espalda. Los labios color carmesí de la mujer estaban curvados en una sonrisa, sus ojos ocultos tras unas gafas de sol que resplandecían bastante con diamantes de imitación. Quienquiera que fuera, era de una belleza exótica, incluso vestida con una sencilla camiseta roja de algodón y unos pantalones, parecidos al atuendo que se había puesto Paula antes de salir de la casa de invitados.


Paula le devolvió la sonrisa.


—Estoy de visita. Me hospedo en el resort y mi… —Dudó antes de proseguir—. Mi marido quiere llevarme a cenar. No tengo vestido. Estaba buscando una tienda de ropa de señora.


—¿Te hospedas con nosotros? —La sonrisa de la mujer se ensanchó—. Soy Chloe Colter. Vivo en el resort. —Le ofreció la mano de buena gana.


Paula se la estrechó.


—Paula Chaves—respondió automáticamente. Al apartar la mano, estudió a la mujer socarronamente—. Tú eres la hermana de Gustavo. —La preciosa mujer menuda no se parecía en nada a Gustavo Colter.


La mujer se quitó las gafas de sol.


—Lo único que compartimos son los ojos de los Colter —respondió Chloe con una risita al revelar los mismos ojos grises ahumados de largas pestañas que Gustavo—. Y ahora tú eres Paula Alfonso, entiendo. Felicidades por tu boda. Gustavo pasó ayer por casa y nos contó a Mamá y a mí que Pedro Alfonso se había casado y que se hospedaba aquí. Las dos nos moríamos por conocerte.


«Realmente soy Paula Alfonso. Al menos durante un tiempo». Seguía estupefacta al oírse llamar por su apellido de casada y ni siquiera se le había ocurrido presentarse con el apellido de Pedro.


Mientras se recuperaba después de reconocerlo, se percató de que mirar a Chloe a los ojos era como mirar a Gustavo.


—Tenéis los ojos exactamente iguales —contestó Paula, sorprendida.


—Los cinco tenemos los mismos ojos —respondió Chloe—. De hecho, Gustavo es el hermano rubio raro, en más de un sentido. El resto de mis hermanos tienen todos el pelo oscuro, como yo. Él se parece a mi difunto padre. El resto de nosotros nos parecemos a Mamá. —Chloe volvió a ponerse las gafas de sol y señaló al otro lado de la calle—. Hay una tienda muy agradable cruzando la calle, a la izquierda, unas manzanas más abajo. Te acompaño. —Al volverse, volvió la cabeza de inmediato—. ¡Santo Dios! Tu anillo es imponente.


Paula sostuvo en alto la mano izquierda.


—Lo es —reconoció—. Pedro tiene un gusto exquisito. —Se sintió un poco avergonzada al recordarse a sí misma que no lo llevaría por mucho tiempo, pero dejó que Chloe tomara su mano. La mujer la giró en distintos ángulos para admirar el diamante.


Chloe resopló.


—Obviamente. Y ya sabemos que tiene fondos interminables. Pero ha hecho una elección fenomenal. Es imponente sin ser demasiado llamativo. Estoy prometida, así que miré muchos anillos.


Los ojos de Paula miraron automáticamente la mano izquierda de Chloe. Se percató de que estaba desprovista de anillo.


—¿Todavía no te has decidido?


Chloe suspiró. Dejó caer la mano de Paula y le hizo un gesto para que caminase con ella—. Javier quiere esperar para comprar un anillo.


Una risa sorprendida se escapó de los labios de Paula.


—¿Tu prometido se llama Javier?


—Sí.


—Yo tuve un prometido que se llamaba Javier. —Paula no pudo evitar reír mientras las dos mujeres cruzaban la calle. El sol de Colorado caía de lleno sobre ellas mientras se apuraban a cruzar la calle durante una interrupción en el tráfico. Paula se detuvo al llegar bajo la sombra del toldo sobre las tiendas al otro lado de la calle.


—¿Por qué te ríes? Obviamente habéis roto —preguntó Chloe con curiosidad.


Paula sacudió la cabeza mientras caminaban tranquilamente por la acera pavimentada.


—Es una larga historia —le dijo a Chloe, la voz salpicada de humor.


—Cuéntamela —insistió Chloe.


Al mirar a la mujer junto a ella, a Paula se le aligeró el corazón. Sentaba bien estar en compañía de otra mujer que realmente conocía su identidad.


Aparte de David, nunca había tenido amigos realmente, por pura necesidad.


Era difícil unirse a las personas cuando no podías hablarles mucho de tu vida.


Estaba sola y tranquila en Aspen. Ni siquiera sus vecinos sabían quién era de verdad, y había sido una existencia muy aislada y solitaria.


Inspirando hondo, le contó a Chloe la historia de su falso prometido, pero solo reveló la parte de querer evitar que sus hermanos se entrometieran en su vida. La otra mujer se detuvo ocasionalmente, casi doblada de la risa, y se compadeció de que perteneciera a una familia rica y de tener hermanos sobreprotectores.


Para cuando su excursión de compras terminó, Paula se sentía como si hubiera hecho una nueva amiga, y aquello sentaba increíblemente bien.



CAPITULO 34 (SEXTA HISTORIA)





Sus cabezas descansaban sobre la misma almohada y sus ojos se enredaron mientras se miraban fijamente el uno al otro. Paula suspiró; su mano libre le acarició un fuerte hombro hasta llegar a descansar perezosamente sobre su cadera. Tal vez Pedro se sintiera así en ese preciso instante, pero tarde o temprano se saciaría de ella y, a cambio, ella sería libre por fin de todos los fantasmas de su pasado.


—Te agotarás tarde o temprano —bromeó ella.


Un sonido grave y vibrante arrancó desde su garganta.


—No cuentes con ello, cariño.


La amenaza sensual y la mirada ardiente en sus ojos hizo que el corazón le diera saltitos. El gesto de Pedro era intenso, casi salvaje, cuando clavó su mirada sobre ella.


—Es posible que tarde un tiempo en acostumbrarme —coincidió ella. Su cuerpo ya se avivaba por tenerlo de nuevo en su interior—. Probablemente tengo mucho que aprender.


—Muchísimo —admitió él—. Podría llevar mucho tiempo —dijo con voz grave como si le pidiera «fóllame otra vez». Una sonrisa pícara y sensual se formó en sus labios.


—Tenemos dos semanas —le recordó ella.


Pedro se mantuvo en silencio mientras su mirada líquida buscaba en el rostro de ella.


—No lo suficiente.


—Ese es el trato —le recordó ella alegremente. Sus dedos le acariciaron los músculos duros de la cadera y hasta el torso inconscientemente y con codicia.


—No me presiones, mujer. —Le dio una firme palmada en el trasero—. Si lo haces, hoy no verás la luz del sol —le advirtió en tono peligroso.


Paula quería decirle que no le importaría, pero interrumpió sus pensamientos pecaminosos.


—Acabarías tan dolorida que no podrías moverte —le advirtió él con tristeza.


Probablemente tenía razón, pero Paula no quería admitirlo.


—Necesito darme una ducha. —Se volvió hacia él después de incorporarse —. ¿Planeas quedarte en la cama todo el día?


—No si tú no estás aquí —respondió gruñón—. No sería tan divertido. Preferiría seguirte a la ducha.


—Pensaba que habías dicho que teníamos que ir despacio —respondió ella descaradamente al levantarse y lanzarle una mirada traviesa por encima del hombro.


—Aun así puedo mirar —respondió Pedro con aspereza. Sus ojos recorrieron su figura de arriba abajo con un deseo desnudo evidente.


«Dios, hace que me sienta como una diosa».


No recordaba haberse sentido tan deseable nunca, y sus caderas se contonearon un poco más cuando entró a paso lento en el cuarto de baño.


Con un gruñido grave, Pedro la siguió de cerca.