sábado, 8 de septiembre de 2018

CAPITULO 51 (SEXTA HISTORIA)




Al día siguiente, Paula recibió una llamada de cada uno de sus hermanos, todos furiosos con Pedro. Para cuando recibió la llamada de German, el último hermano que se puso en contacto con ella, estaba harta de oírlos a todos dando una paliza verbal a Pedro.


Estaba de vuelta en su cama en la casa de invitados, con el tobillo en alto.


No estaba roto, pero tenía un mal esguince. Ya había bajado la inflamación por el hielo y los antiinflamatorios, y el dolor era casi inexistente excepto si intentaba apoyar el peso sobre el pie derecho. Pronto estaría recuperada. El tobillo sólo necesitaba un poco de tiempo para curarse.


Pedro había atendido su menor deseo, permanecía con ella constantemente y le llevaba cualquier cosa que quisiera o necesitara. 


Permaneció al pie de la cama y frunció el ceño mientras ella hablaba por teléfono con German.


—Juro que voy a ponerle los huevos de corbata cuando lo vea. Emilia está haciendo la maleta ahora mismo. Vamos de camino —le dijo bruscamente.


Paula suspiró. Ya le había explicado a cada uno de sus hermanos que Pedro estaba cuidándola muy bien y que no quería nada. Estaría bien en cuanto se recuperase.


German demostró ser el más obstinado, probablemente porque era el que estaba más unido a Pedro y se sentía traicionado.


—No vas a tocarle los huevos —le dijo Paula a German con calma—. Me gustan exactamente donde están.


—Te mintió —dijo German furioso—. Te manipuló.


—Yo también le mentí, German —Su mirada se cruzó con la de Pedro mientras sostenía el teléfono contra la oreja, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama. No habían tenido oportunidad de hablar de nada todavía puesto que Pedro había convertido en su prioridad cuidar de ella—. No estoy contenta con cómo ocurrió todo—. La expresión de Pedro se volvió de arrepentimiento—. Pero el problema es que… lo amo. Lo amo tanto que quiero que este matrimonio dure para siempre, sin importar cómo se produjo.


Pedro levantó la cabeza de pronto y sus ojos se concentraron en el rostro de Paula.


—Sí, él también dijo que te amaba. Pero no me gusta la manera que consiguió que te casaras con él —gruñó la voz de German a través de la línea.


—¿Dijo eso? —A Paula le retumbó el corazón cuando miró a Pedro y este asintió con la cabeza, la mirada brillante e intensa.


—Lo dijo —afirmó German—. Estoy preocupado, Paula. Solo quiero que seas feliz.


—Soy feliz. —Una lágrima le cayó por la mejilla. Todos sus hermanos habían expresado su preocupación, que era sincera. Tal vez no había podido estar realmente unida a ellos, pero quería que eso cambiara—. Te quiero, German. Estoy muy contenta de que tengas a Emilia. Yo voy a ser tan feliz con Pedro como lo eres tú con Emi —le dijo en tono tranquilizador.


—Eres mi hermanita pequeña. Es mi deber preocuparme —contestó German con voz ronca y emocionada—. Y yo también te quiero, Paula. No quiero que estés casada con el hombre equivocado.


—No lo estoy. Me casé con el hombre perfecto para mí. Sé que estás disgustado con Pedro, pero lo conoces. Sabes qué clase de persona es. Arriesgó su vida descendiendo una pared de roca que ningún escalador debería bajar sin equipo de seguridad, sólo para llegar a mí. Y lo único que tenía era un esguince en un tobillo. ¿De verdad crees que me haría daño intencionadamente? Me gusta pensar que mintió porque estaba tan fuera de sus cabales de deseo que habría hecho cualquier cosa para acostarse conmigo —le dijo a su hermano en tono de broma.


Pedro volvió a asentir, esta vez con énfasis, la mirada fija en los ojos de Paula.


—Por favor. No quiero oír nada sobre la vida sexual de mi mejor amigo y de mi hermana pequeña, aunque no sé exactamente lo que sentía —dijo German a toda prisa—. Solo dime una vez más, sinceramente, que estás bien.


—Estoy mejor que bien —le dijo en voz baja—. Estoy enamorada de Pedro.


Pedro la miró boquiabierto, como si estuviera sorprendido de volver a oírla decirlo.


—Dile que tiene suerte de que no le demos una paliza todos —gruñó German.


—Yo no dejaría que le pusierais la mano encima. Me gustan su cara guapa y su trasero sexy exactamente como están, muchas gracias —le devolvió el tiro a German.


—Ahórrame los detalles —suplicó German.


Paual rió, una risita encantada porque a su hermano parecía repugnarlo completamente oír cualquier cosa sexual sobre ella y Pedro.


—Transmítele mi cariño a Emilia —pidió Paula.


—Eso puedo hacerlo —respondió su hermano—. Llámame mañana. Quiero tener noticias tuyas todos los días o iré allí para asegurarme de que estás bien.


—Llamaré —colgó el teléfono cuando hubieron dicho adiós.


Pedro se adelantó lentamente, le quitó el teléfono de la mano y se arrodilló junto a la cama.


—¿Lo decías en serio? —preguntó dubitativo, vulnerable.


—Sí. —Lo miró a los ojos. Las lágrimas seguían cayéndole por el rostro —. ¿Y tú?


—Te quiero más que nada ni a nadie en este mundo, Paula. —Le dio la mano y entrelazó sus dedos—. Retiraría cómo se produjo nuestra boda en un abrir y cerrar de ojos si pudiera, pero no consigo arrepentirme de estar casado contigo. Lo quiero demasiado. Te amo demasiado. —Se le quebró la voz de la emoción mientras le apretaba los dedos—. ¿Me perdonas?


Al recordar que iba a hacer que se arrastrara, ella le preguntó:
—¿Cuánto deseas mi perdón? —Ya lo había perdonado en el momento en que arriesgó su vida por ella, quizás incluso antes de eso, pero no estaba totalmente preparada para contárselo todavía


—Lo deseo lo suficiente como para pasar el resto de mi vida compensándotelo. Siempre serás lo primero en mi vida, cariño. Y nunca volveré a mentirte.


—¿Por qué lo hiciste?


Pedro hizo una mueca.


—Por la misma razón que le has dicho a German por teléfono que esperabas. Estaba loco por ti y cuando me enteré de que te casabas, no podía permitir que te casaras con nadie más que conmigo.


—¿Ibas a contármelo? —Le preguntó por curiosidad, sin querer pensar que no planeara decirle la verdad.


—Sí. No podría vivir conmigo mismo ni contigo si no lo hiciera. Planeaba contártelo en cuanto llegara de la ciudad. De ahí las flores. —Pedro hizo un gesto con la cabeza hacia el enorme ramo que ahora descansaba sobre la cómoda para que Paula disfrutara de él—. Y unas cuantas cosas más que compré.


—¿Estabas intentando sobornarme para que te perdonara? —retorció los labios para contener una sonrisa. Pedro parecía tan triste que no quería que pensara que estaba riéndose de él.


—No. Quería hacerte feliz —digo sinceramente.


Paula se secó las lágrimas. Para ser honesta, la tristeza de Pedro estaba matándola.


—Las flores son preciosas. Gracias.


Pedro la miró esperanzado.


—También tengo un par de cositas más. —Se levantó y se apresuró hasta el armario, de donde volvió con una bolsa grande. Primero sacó una pequeña caja—. Espero que te guste esto.


Paula aceptó la caja; pero de la misma tienda donde había comprado sus alianzas. Al levantar la tapa, el collar sobre el terciopelo rojo del estuche la dejó anonadada. No era ostentoso, pero era precioso y el corazón era un símbolo encantador de amor.


—Es increíble —le dijo sin aliento. No había comprado la joya más grande ni la más llamativa, aunque sabía que era cara. Pedro le había entregado su corazón simbólicamente, y eso era muy bonito.


La ayudó a ponérselo y le llevó un espejo para que pudiera ver cómo le quedaba.


—Quería que pudieras llevarlo todos los días, llevar mi corazón contigo todo el tiempo. Las esmeraldas me recuerdan el color de tus ojos. Más tarde compraré algo más grande —le dijo dubitativo.


—Ni te atrevas. —Le agarró la mano con urgencia—. Me encanta. No me lo quitaré nunca. No quiero nada más.


—Ya veremos —replicó Pedro sin comprometerse, devolviéndole sus propias palabras con una sonrisa traviesa. Le entregó la bolsa—. Espero que esto te sirva.


Paula echó un ojo a la bolsa y ahogó un grito cuando sacó su regalo. Era una cámara de gama alta que podía utilizarse bajo el agua.


—Es una maravilla. Pero no hago fotografía subacuática.


—Espero que la hagas algún día, al menos desde mi barco. Creo que te gustaría el buceo de superficie. Con tu ojo para el color, te encantaría hacer fotografía subacuática en las Bahamas.


Paula sonrió y se cruzó de brazos.


—Sigues llamándolo barco. ¿Exactamente, cómo de grande es tu barquito?


—No es tan pequeño. Mide veinte metros aproximadamente, con unos camarotes increíblemente cómodos —reconoció Pedro tímidamente—. Pero no es gigantesco.


Paula después tapar una carcajada de sorpresa.


—Es gigantesco.


—Se llama así por ti —confesó Pedro—. No era coincidencia. No podía comprar un barco viejo si iba a llamarlo como tú.


Pedro nunca compraría un barco viejo. Era multimillonario y le gustaban las cosas más refinadas. El hecho de que no considerase su «barco» como un yate le hacía gracia a Paula, que se sintió conmovida y sorprendida de que lo hubiera llamado Paula por ella.


—¿De verdad se llama así por mí? —preguntó con vacilación—. ¿Por qué?


Pedro se trasladó al otro lado de la cama, se acercó a ella y se sentó con cuidado para evitar empujar el tobillo. Deslizando un brazo alrededor de sus hombros, apoyo la espalda en el cabecero de la cama y atrajo la cabeza de Paula sobre su hombro.


—Creo que probablemente he estado enamorado de ti desde que tenías dieciocho años —empezó a decir pensativo mientras le acariciaba el cabello con la mano—. Se me pone duro por ti desde entonces. Cada vez que te veía después de tu graduación del instituto me resultaba difícil. Supongo que perdí la cabeza durante las vacaciones. Finalmente, no había novio, por fin estabas disponible y yo estaba exultante. Aunque eras la hermana de German, ya no podía seguir ignorando lo mucho que me atraías. Me quedé destrozado cuando me levanté y te habías ido después de nuestra noche juntos. Me destrozó oír que ibas a casarte con el novio con el que habías roto meses antes.


Pedro dejó escapar un largo suspiro masculino.


—Lo que le dijiste a German es verdad. Te deseaba tan desesperadamente que no estaba dispuesto a dejar que te casaras con nadie más. —Su cuerpo se tensó —. No pensé en las consecuencias, Paula. Lo único en lo que podía pensar era en que alguien más te tocara, que abrazara lo que me pertenecía. Cuando Gustavo ideó su plan de locos, accedí de buena gana. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, incluso enfrentarme a tu ira, con tal de tenerte. Me preocupaba que fueras desdichada con un perdedor, pero la mayor parte de mis motivos eran estrictamente egoístas. Te quería para mí.


Paula se quedó pasmada. Nunca se había percatado de que Pedro sentía lo mismo que ella había sentido durante todos esos años.


—¿Te acuerdas de la boda?


—Por supuesto. Yo escogí los anillos. Planeé emborracharte para poder casarme contigo. No voy a seguir mintiendo al respecto —dijo con ferocidad —. Me dije que te dejaría marchar cuando nos hubiéramos satisfecho ambos, pero eso no iba a ocurrir nunca. Simplemente tardé un tiempo reconocérmelo a mí mismo. Estaba enfadado contigo por casarte con otra persona después de lo ocurrido en Nochevieja.


—Pero no era real.


—Yo no sabía eso —replicó él.


—¿Cómo fue la boda?


—Para mí, fue el día más feliz de mi vida, aunque estuvieras borracha. Te puse el anillo en el dedo y eras mía después de años de tortura. Puramente egoísta… pero cierto. Nos casó un juez de paz y fue breve. Gustavo fue mi testigo y yo encontré a una joven para que fuera tu testigo. Lo siento. No era la boda que te merecías y podemos volver a casarnos, esta vez bien. —Pedro le masajeó la espalda y los hombros en gesto reconfortante.


—No creo que la boda sea importante. Es el matrimonio que tienes después de la boda lo que importa —le dijo pensativa. Sinceramente, no le importaba como había ocurrido siempre y cuando fuera legal. Le pertenecía a Pedro y lo que importaba era cómo siguieran a partir de ahí—. El caso es que siempre he sentido lo mismo por ti. Lo he sentido desde que te vi en mi graduación. Por eso es por lo que seguía siendo virgen cuando fui atacada. Nadie estaba a tu altura.


—Debería haberte dicho lo que sentía hace mucho tiempo, cuánto te quería —dijo Pedro con voz ronca; sonaba disgustado consigo mismo.


—No podemos cambiar el pasado, Pedro. ¿Podemos limitarnos a seguir desde aquí? —Paula no quería pensar en el pasado ahora que estaban juntos. No podían cambiar las cosas, volver atrás ni volver a hacer nada. Pero juntos podían tener la vida más feliz imaginable—. Te amo. —Suspiró de felicidad—. Siempre he estado esperándote.


—Yo también estaba esperándote, melocotoncito. —Le dio un beso tierno en la frente—. Siento haberte mentido. ¿Vas a levantarme el castigo?


—No creo que tenga otra opción. —Intentó hacer que su voz sonara atribulada—. Ahora te amo y me has echado a perder. Soy adicta a ti.


—Cariño, estoy echado a perder desde que cumpliste dieciocho años. Te amo. Perdóname. Por favor —suplicó seriamente—. Me mataría que no lo hicieras.


—Vale —dijo ella como si estuviera soñando, placenteramente. Era difícil resistirse a un Pedro arrepentido y él ya se había arrastrado bastante. Paula solo quería seguir amándolo y que él siguiera amándola a ella—. Qué fácil soy.


—Eres cualquier cosa menos fácil. Me ha costado años hacerte mía —dijo Pedro incrédulo—. Y ahora vas a hacer que me cague de miedo todos los días con tu carrera. Tengo que reconocer que tengo una relación amor-odio con tu valentía.


—Yo no soy valiente —susurró con voz ronca—. Y ya no voy a volver a cazar tormentas. —Había tomado la decisión después de hablar con Gustavo—. Cuando empecé hacerlo, estaba entusiasmada. Me encantaba el subidón de adrenalina y quería labrarme una reputación. Después de ser… secuestrada, tenía que volver para demostrarme algo a mí misma. Tenías razón cuando dijiste que ya no necesitaba demostrarle nada a un hombre muerto. En realidad,no creo que los últimos años se haya tratado de conquistar mis miedos. Eso ya lo había hecho. Creo que me sentía desconectada y sola y que no sabía nada más. Mentir a mi familia me había separado de mis hermanos y mantuve a distancia a todos los demás porque estaba acostumbrada. No quiero seguir haciendo eso —terminó sin aliento.


—Gracias a Dios —soltó Pedro con énfasis—. No quiero que lo dejes si te gusta realmente, pero si ya no quieres hacerlo me sentiré eufórico, joder.


Paula rió.


—Entonces siéntete eufórico, porque creo que me gustaría hacer fotografía subacuática y me encanta hacer fotos de paisajes y naturaleza. Todavía me gustan las tormentas, pero creo que las cazaba por las razones equivocadas. Me sentía sola y no sabía cómo ser de otra manera.


—Ya no, cariño. Me tienes a mí y puedes permitirte volver a estar unida a tus hermanos ahora que no tienes que ocultar nada.


—Eso me gustaría —respondió feliz—. ¿Crees que debería contárselo todo?


—Es decisión tuya, cariño. Apoyaré lo que quieras hacer. Pero no creo que necesites hacerlo por ellos. Creo que solo necesitas hacerlo si eso es lo que quieres.


—Puede que algún día se lo cuente. Ahora mismo, solo me gustaría pasar un tiempo siendo feliz con mi marido y ver cómo es no sentirse sola.


Pedro jugueteaba con un mechón de pelo de Paula.


—Yo también. He estado inquieto y malhumorado durante mucho tiempo porque te echaba de menos.


—¿Ocupando el tiempo trabajando para organizaciones benéficas? — preguntó ella con curiosidad.


—De hecho, sí. Tengo mi propio trabajo, pero creo que empezar esta organización para mujeres maltratadas me ha resultado más satisfactorio que nada de lo que he hecho en mi vida. —Dudó durante un momento—. Gustavo debe de habértelo contado.


—Lo hizo. Creo que eres increíble, Pedro Alfonso. ¿Puedo donar? Ahora tengo un marido muy rico, así que no tengo que preocuparme por el dinero — coqueteó con él despiadadamente.


—Ahorra tu dinero —le aconsejó él—. Yo ya he donado bastante por los dos. Dedícalo a inversiones seguras y déjaselo a nuestros hijos.


A Paula se le aceleró el corazón.


—¿Vamos a tener niños?


—Eso espero —respondió Pedro rotundamente—. Me encantaría tener una niña tan dulce como su madre.


A Paula le dio un vuelco el corazón.


—No creía que fuera a tener hijos nunca, pero me gustaría, algún día. — Siempre le habían gustado los niños, pero nunca se había imaginado teniendo tanta intimidad con un hombre—. ¿Conoces a algún asesor de inversiones que pueda ayudarme a hacer crecer mi dinero para mis hijos?


—Conozco al mejor —dijo con arrogancia.


Paula rió alegremente y le acarició la barba incipiente con amor.


—Seguro que sí —susurró mientras se inclinaba hacia él para besarlo en la boca con ternura. El corazón se le hinchó cuando él la besó con un cariño tierno que hacía que se sintiera deseada y muy amada—. ¿Tiene un barco para que pueda hacer fotografía subacuática? Puede que sea el hombre de mis sueños —le dijo mientras se echaba atrás y dejaba los labios a solo unos centímetros de los de Pedro.


—Cariño, no sé si tú soñabas conmigo, pero yo he tenido más sueños húmedos sobre ti que los que puedo contar y soy tu hombre. Siempre lo seré —le dijo en tono mandón.


Paula sintió su aliento cálido acariciándole la boca y se quedó inmóvil durante un instante; le encantaba la cálida intimidad de su posesividad.


—Creo que tienes razón. Eres perfecto. —Sonrió mientras acortaba la distancia entre sus labios y le daba un beso que lo dejaría sin ninguna duda acerca de dónde estaba su corazón ni de cuánto lo amaba.


Pedro dejó escapar un gemido ahogado cuando su lengua se enredó suavemente con la de Paula, un sonido triunfante y apasionado de un hombre que acababa de conseguir todo lo que quería… y más.



CAPITULO 50 (SEXTA HISTORIA)




Una vez situada, varios celadores empujaron la camilla hacia la entrada de Urgencias. Un hombre mayor le hizo una sucesión trepidante de preguntas y la obligó a desviar la atención de Pedro para responderle.


La enviaron a Rayos X casi de inmediato. Pedro la esperó en la habitación con una expresión descontenta y preocupada.


Paula le sonrió cuando se la llevaban en la camilla, para asegurarle que estaría bien. Tal vez haría que se arrastrase, pero para ella no cabía duda de que Pedro Alfonso la amaba. Su descenso vertiginoso por el precipicio vertical de la montaña había sido más que suficiente para convencerla y había pensado en todo lo que había ocurrido entre ellos dos desde que habían llegado allí, a Rocky Springs. 


Sí, Pedro se había equivocado. Sí, a veces había sido un imbécil. Pero su preocupación siempre había estado ahí y su ternura hacía que se le derritiera el corazón.


Estuvo en Urgencias durante horas, pero cuando volvió de Rayos X, Pedro estaba esperándola y no volvió a dejarla ni un momento.



viernes, 7 de septiembre de 2018

CAPITULO 49 (SEXTA HISTORIA)




Paula gritó el nombre de Pedro intentando impedir que descendiera por la pared de roca. Era demasiado alta, demasiado peligrosa, y Pedro ni siquiera tenía una cuerda de seguridad. Era una locura que cualquiera intentase un descenso libre por esa pared. Y, sin embargo, Pedro estaba haciéndolo y consiguiéndolo rápido.


Ahora no se atrevía a hacer el más mínimo ruido mientras observaba, horrorizada, cómo se abría paso firmemente por el precipicio. Una distracción podría matarlo.


«Ay, Dios. Por favor, deja que llegue abajo sano y salvo. Y después puedo matarlo yo».


Paula observaba sin aliento cuando Pedro llegó al punto a mitad de camino y siguió sin más. Su cuerpo poderoso se enfrentó a la pared de roca con fuerza y determinación.


«Está haciéndolo por mí, está arriesgando su vida por mí. Para nada. Podría haber dado un rodeo caminado. Yo podría haber esperado».


Maldiciéndose en silencio por volver arrastrándose al cañón, no dejó de mirar a Pedro. Había logrado salir del cañón, al bosque. Entonces oyó un helicóptero que volaba bajo y estuvo segura de que había emprendido su búsqueda. Por desgracia, iba a gatas y avanzaba lentamente. El helicóptero se fue antes de que ella pudiera despejarse de la cubierta de los árboles.


Tristemente, llevaba una camiseta verde que no ayudaba a que destacara para nadie que la buscara desde lo alto. En lugar de intentar avanzar, utilizó la energía que le quedaba para volver al cañón y situarse en el centro a esperar a que el helicóptero lo sobrevolara de nuevo. Allí sería visible; sería rescatada la próxima vez que la nave pasara sobre el cañón. Había hecho calor y estaba desesperadamente sedienta, pero era su única opción real. No tenía fuerza para llegar de vuelta al camino principal. Volver al cañón a sabiendas de que la buscaban desde el aire era la opción lógica.


Paula contuvo el aliento cuando el pie de Pedro resbaló antes de encontrarun agarre cuando descendía rápidamente la parte restante de la pared vertical.


Por fin, sus botas tocaron el suelo del cañón y Paula soltó el aire con fuerza.


Jadeaba y temblaba como consecuencia de verlo a un mal paso de la muerte.


Pedro corrió hacia ella y cayó de rodillas a su lado.


—¿Qué ha pasado? ¿Dónde te duele? ¡Dios! Dime que estás bien de verdad —farfullaba frenético con el rostro afligido.


«¿Ha sido un engaño todo lo que ha pasado entre vosotros?».


Las palabras de Gustavo la atormentaban. Arriesgar su vida por ella no era un engaño por parte de Pedro. Su rostro era de angustia, y eso no era ninguna mentira. Estaba aterrorizado por ella y puso el bienestar de Paula por delante del suyo.


—Solo me he hecho daño en tobillo. No puedo andar. —Le dio un puñetazo en el hombro—. ¡Maldita sea! No vuelvas a hacerme algo así nunca. Acabas de quitarme veinte años de vida. Podrías haberte matado.


—Siempre tomaré el camino más rápido hasta ti. —Levantó la pierna de Paula sobre su regazo cuando se sentó en el polvo y la hierba—. Joder. Este tobillo está del tamaño de un melón. ¿Qué demonios has hecho?


Paula se mordió el labio inferior mientras Pedro flexionaba su pie con delicadeza.


—No vi por donde iba. Me caí.


—¿Puedes moverlo sola? —le preguntó rápidamente.


—Apenas. No puedo apoyar el peso sobre él. 


Retorció los dedos de los pies y lentamente giró el tobillo con una bocanada de dolor.


—Para. Necesitas rayos X. Gustavo está de camino. —Le lanzó una mirada tanto de alivio como de ansiedad y le apartó el pelo desaliñado de la cara—. Debería haber traído agua, pero quería avanzar lo más rápido posible.


—Sobreviviré. —Paula vio su rostro irascible. Podía esperar hasta que llegara Gustavo—. Por favor, no vuelvas a poner en riesgo tu vida de esa manera. Prométemelo —suplicó con voz trémula.


—No puedo prometerte eso, cariño. Me tomo en serio las promesas y volvería a hacerlo una y otra vez si tuviera que llegar hasta ti —dijo con voz ronca.


—Estás loco —le dijo desconcertada por su obstinación. Las lágrimas le caían por las mejillas al mirar a Pedro Alfonso, más desaliñado de lo que lo había visto nunca. Parecía que lo hubieran arrastrado por la tierra y que después lo hubieran colgado al sol durante horas.


—Tú me volviste así —respondió él con voz ronca—. Solía estar perfectamente cuerdo —añadió suavemente.


Paula oyó el sonido de un helicóptero que se aproximaba y ambos se quedaron en silencio mientras lo veían aterrizar con destreza, no muy lejos del lugar donde estaban sentados.


Pedro la levantó y corrió hacia el helicóptero, esperó hasta que las hélices dejaron de girar y hasta que el piloto les indicó que se acercaran y que abrieran la puerta detrás del asiento del piloto. La colocó en el asiento y se impulsó detrás de ella. Después de cerrar la puerta, se la sentó en su regazo rápidamente.


—Vamos. Tiene que ir al hospital. Se ha lesionado el tobillo y podría estar roto. Está muy hinchado.


El piloto se quitó los cascos, dio media vuelta y le entregó a Pedro una jarra de agua.


—Parece que necesitas esto.


No era de sorprender que Gustavo fuera el piloto, y le sonrió.


—Te he vuelto a rescatar, P. Chaves. ¿Ahora vas a darme un abrazo? — Puso el helicóptero en marcha.


Paula le dedicó una sonrisa débil.


—Puede que la próxima vez —respondió con descaro.


—La tocarás por encima de mi cadáver —respondió Pedro malhumorado.


—Eso puede arreglarse —replicó Gustavo con una sonrisa atrevida.


—Al Hospital, Colter. Vamos —gruñó Pedro. Le dio el agua a Paula primero y la ayudó a darle la vuelta. Cuando hubo bebido bastante, Pedro bebió parte de la botella de un trago antes de ponerla en el asiento junto a él.


—Ya voy. ¡Diosss! Misión cumplida, Alfonso. Relájate —respondió Gustavo tranquilamente mientras giraba y volvía a ponerse los cascos.


Gustavo puso el pájaro en movimiento rápidamente y ascendió tan rápido que Paula se sintió como si se hubiera dejado el estómago en el suelo.


—Joder. Vuela como un murciélago salido del infierno —se quejó Pedro en voz alta.


—Tú lo has pedido. —Paula apoyó la cabeza sobre su hombro, la boca cerca de su oído para que Pedro pudiera oírla por encima del ruido del
helicóptero—. Yo ya he estado antes con él en un helicóptero.


Paula todavía recordaba el horroroso vuelo a un lugar seguro que pilotó Gustavo cuando la hubieron rescatado. Gustavo no hacía nada despacio. Era meticuloso, rápido y, probablemente, muy mortífero. Nunca lo había visto así, pero no dudaba que podía ser letal bajo esa sonrisa arrogante y esa apariencia bromista.


—¿Durante tu rescate? —preguntó Pedro bruscamente, con el cuerpo tenso.


—Sí. Siempre parece llevarlo todo al límite. Volaba igual cuando estaba en las Fuerzas Especiales. Es bueno.


—A veces es un imbécil —contestó Pedro firmemente.


—Me salvó la vida. Creo que salvo muchas vidas. Puedo hacer la vista gorda al hecho de que sea arrogante solo por eso —dijo Paula con seriedad.


—¿Qué era esa mierda de abrazarlo? —preguntó Pedro acaloradamente.


Paula se encogió de hombros.


—Lo abracé porque estaba muy contenta de verlo y porque le estaba agradecida. Él piensa que es irresistible. —Tenía que admitirlo, Gustavo era tan guapísimo que quitaba el aliento y, en efecto, ese pequeño hoyuelo lo hacía totalmente fascinante y atractivo. Era comprensible que su aura de peligro y misterio junto con su personalidad lo convirtieran en una tentación tremenda para la mayoría de las mujeres. Pero Paula no era la mayoría de las mujeres; la única química que sentía ella era con el hombre que la abrazaba amorosamente, en gesto protector, el hombre que había escalado una montaña para ayudarla.


«Pedro».


—No más abrazos a hombres a menos que se trate de mí —exigió Pedro.


Paula sonrió contra su hombro.


—Tengo hermanos.


—Bien. Solo a ellos.


—Nos recogió y nos está llevando al hospital rapidísimo —dijo Paula coqueta—. ¿Puedo darle un besito en la mejilla más tarde? —Había provocado al tigre y lo sabía, pero no pudo evitarlo. Cuanto más posesivo se mostraba Pedro, más segura se sentía. Ahora mismo, necesitaba esa seguridad. Estaba harta del calor y del dolor. Actividad que dejara de pensar en su dolor corporal.


—¿Quieres besarlo? —Pedro sonaba aturdido y contrariado.


—Por favor. Solo para darle las gracias —lo acicateó.


—No. No quiero que tus labios ni tu cuerpo se acerquen a Colter en el futuro —discutió con ferocidad. Estrechó el abrazo en torno a su cintura con avidez—. Lo único que tendría que hacer es oler tu perfume embriagador e intentaría llevársete.


Sonriendo con su superioridad contra su hombro porque Pedro parecía tener la impresión de que ella era irresistible para cualquier hombre, respondió:
—Ahora mismo, apesto.


—Aun así, no vas a besarlo —respondió el con vehemencia.


—Ya veremos —respondió ella misteriosamente. 


El helicóptero descendió para aterrizar.


Pedro gruñó molesto, pero respondió:
—En este momento, lo único que me importa eres tú. Parece que estamos en el hospital. ¿Todavía te duele?


Ella asintió dubitativa. El tobillo le palpitaba de dolor, pero no quería que Pedro supiera cuánto le dolía.


—Me pondré bien.


—Lo siento muchísimo, Paula. Nunca sabrás cuánto —respondió él con voz ronca que emanaba arrepentimiento y remordimientos.


Ella abrió la boca para contestar, para intentar aliviar parte de su autocastigo, pero se abrió la puerta del helicóptero. Unas manos la ayudaron a trasladarse a una camilla que había sido llevada hasta el helipuerto.