lunes, 10 de septiembre de 2018

CAPITULO 2 (SEPTIMA HISTORIA)




Las estadísticas que había memorizado sobre él se le vinieron rápidamente a la cabeza: varón, treinta y un años, pelo rubio, ojos grises, un metro ochenta y cinco de estatura, expediente militar ejemplar en las Fuerzas Especiales hasta que un accidente de algún tipo lo obligó darse de baja del ejército con honores.


Resultaba exasperante que Paula no hubiera podido conseguir mucha más información sobre Pedro. Era multimillonario, como todos los puñeteros Alfonso de la familia, y era la fuerza motriz que había hecho de Alfonso Fire Equipment el mayor productor de material contra incendios y de equipos de seguridad contra incendios del mundo. La compañía estaba bajo el conglomerado de los Alfonso, pero Pedro había convertido en su misión personal llevar la compañía a la estratosfera del éxito. Ella no había encontrado nada negativo en la información sobre Pedro. «Joder, incluso es bombero voluntario», pensó.


Paula lo miró con recelo mientras él se movía hasta el otro lado de la mesa pequeña. Parecía inofensivo. De hecho, tenía un aspecto increíble en la vida real, mejor que en las fotos. Sus mechones rubios seguían siendo tan cortos como en las fotos que había visto, pero aquel día tenía un caso grave de pelo desgreñado y parte de sus cabellos salían disparados en todas direcciones. Paula estaba dispuesta a apostarse a que el aspecto revuelto provenía de un gorro, teniendo en cuenta que estaban en pleno invierno en Colorado, y admitió a regañadientes que le gustaba un poco el hecho de que no fuera tan vanidoso como para arreglárselo. El estilo de recién levantado de su pelo y el hoyuelo que vio cuando Pedro le lanzó una sonrisa sin pretensiones lo hacían peligrosamente atractivo.


«He visto hombres más guapos». El pensamiento a la defensiva se le vino a la
cabeza, probablemente por el escalofrío de conciencia sexual que se deslizó por
su columna vertebral al mirar a Pedro Alfonso


Había visto hombres más atractivos de una manera convencional, pero no tan cautivadores como el hombre al que escudriñaba con cautela. Vestido de manera informal con pantalones, botas y una sudadera verde, debería tener un aspecto corriente y apagado en aquel entorno, pero no era así. Paula sabía que tenía que proceder con cuidado independientemente de lo modesto o agradable que pareciera. Pedro Alfonso tenía el coeficiente intelectual de un genio, al igual que sus hermanos. Su sonrisa sin pretensiones y juvenil ocultaba una mente que estaba evaluándola, igual que sin duda lo miraba ella para calcular sus intenciones.


—De todas maneras no acepto bebidas de extraños —le dijo en tono reservado. En realidad no quería que se fuera justo en ese momento. Tal vez pudiera proporcionarle un poco de información, pero Paula tampoco quería alentarlo. Marcos Alfonso era su principal interés, pero su hermano podría ser capaz de ayudarla a encontrarlo.


Pedro tomó la silla de madera, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas frente a ella, poniéndose cómodo con su cuerpo enorme, tonificado y musculoso.


—Entonces supongo que tenemos que conocernos un poco más —respondió él con un tono de autoconfianza, como si Paula fuera a acceder y a caer a sus pies agradecida.


«¡Imbécil arrogante!».


Paula mantuvo un gesto neutral.


—A lo mejor no quiero conocerte. Puede que esté casada o tenga novio — contestó con una evasiva.


Pedro se encogió de hombros.


—No he dicho que quisiera acostarme contigo. Sólo he dicho que quería conocerte. —Apoyó los brazos en el respaldo de la silla, aún sonriéndole con picardía—. Pedro Alfonso —Le tendió la mano por encima de la mesa—. Parecías muy aislada aquí sola.


—Paula. —Rápidamente le estrechó la mano de mala gana y retiró el brazo a un costado, proporcionándole intencionadamente tan poca información como fuera posible. Las manos de Pedro eran ásperas y encallecidas; no tenía los dedos suaves de manicura que habría esperado en un multimillonario. De hecho, no se parecía en nada a como esperaba que fuera un tipo súper rico. Parecía tan… sencillo, más bien parecía un hombre activo amante del aire libre que un hombre que estaría perfectamente cómodo con un traje hecho a la medida en una junta directiva.


«Probablemente, esté cómodo en casi cualquier parte».


Por desgracia, solo había ciertas situaciones sociales en las que Paula se sentía como en casa, y ese breve contacto informal con Pedro había lanzado una chispa de electricidad que corría por su columna vertebral.


—No lo estaba y no estoy aislada en absoluto. He venido aquí a… pensar — dijo ella apresuradamente—. Sola.


Pedro miró a su alrededor sin convicción.


—Este lugar no es precisamente tranquilo para pensar, ni un buen sitio para estar sola con tus pensamientos.


«Maldita sea. No, no lo es. El bar está repleto, es ruidoso, y cualquier cosa menos un lugar para pensar. Es un local donde socializar».


—Tal vez únicamente quería sentarme aquí sola un rato —dijo ella con impaciencia, deseosa de conseguir cualquier información que le resultara útil y alejarse de sus ahumados e inquisitivos ojos grises que no parecían haber abandonado su rostro desde que se había sentado. Hacía que se sintiera incómoda como nunca se había sentido con un chico. Había estado con bastantes hombres atractivos, no muy buenos, pero no recibía malas vibraciones de Pedro Alfonso. Más bien eran… pecaminosas.


—Así que, ¿estás aquí de vacaciones? —preguntó Pedro en tono amable, haciendo caso omiso de su comportamiento distante.


—Sí. —Paula bajó la vista hacia su bebida y vio cómo los cubitos de hielo empequeñecían cuando volvió a mover la bebida. No quería rechazar a Pedro por completo, pero tampoco quería decir nada que lo envalentonara. Bien sabía Dios que el tipo ya era bastante atrevido.


«Sé más amigable, pero no demasiado», se dijo Paula. Quería más información de Pedro Alfonso, pero por alguna razón él hacía que se pusiera a la defensiva. Sus instintos le gritaban que huyera de él lo más rápido posible. El problema era que no lograba adivinar por qué.


—No te he visto por aquí. ¿Cuándo llegaste a la ciudad?


—Ayer por la noche. —«Dios, desearía que dejara de mirarme como un espécimen bajo un microscopio»—. Entonces, ¿eres un Alfonso? —Paula intentó lanzarle su mirada de rubia no muy lista—. ¿Uno de la famosa familia Alfonso?
—los halagos funcionaban casi todas las veces.


—No soy el más famoso, pero soy el más listo del montón —le dijo con rostro inexpresivo, casi como si estuviera dándole una especie de advertencia—. Mi madre está fuera de la ciudad visitando a mi tía y mi tío, así que le prometí que pasaría por aquí todas las tardes para asegurarme de que todo iba bien.


Estaba preparándome para irme cuando te vi aquí sentada sola. Definitivamente siento que es mi trabajo asegurarme de que todos los huéspedes lo están pasando bien ya que Mamá no está.


Mientras lo observaba con suspicacia, Paula no estaba muy segura de que su afirmación arrogante no fuera exacta. La autoconfianza engreída que exudaba en abundancia lo hacía increíblemente atractivo y Paula no tenía dudas de que era inteligente. Sin llegar a ser odioso, definitivamente era presuntuoso.


—¿No tienes hermanos? —preguntó, todavía intentando parecer ignorante y solo ligeramente interesada.


«¿Por qué tengo la sensación de que sospecha de mí?», pensó Paula.


La conversación era general, pero se sentía como si estuvieran jugando en secreto al ratón y el gato, y por desgracia en ese preciso instante se sentía como el ratón.


—Y una hermana —respondió él despreocupadamente—. Mi hermana, Chloe, es la pequeña, ahora es veterinaria local aquí en Rocky Springs, y tengo tres hermanos mayores.


—Recuerdo haber oído hablar de hermanos gemelos. —Fingió una expresión falsamente atónita.


—Mis dos hermanos mayores, Marcos y Benjamin, son gemelos. Benjamin es senador de los EE. UU. Renzo es un año mayor que yo. Es doctor en investigación de biotecnología.


—¿Y qué hace Marcos? —le preguntó con lo que esperaba fuera un tono informal.


Pedro encogió sus hombros musculosos.


—Viaja. Dirige la mayor parte del negocio de Alfonso Corporation.


—Debe ser difícil que esté lejos todo el tiempo. —«Maldita sea, espero que Marcos esté aquí ahora», pensó—. No lo verás muy a menudo.


—Todos estamos acostumbrados. La mayoría de nosotros suele irse durante largos periodos de tiempo, excepto Chloe. Ella está en casa para quedarse ahora. Marcos vuelve mañana para quedarse un tiempo. Lleva lejos por negocios una temporada. Renzo está en Denver, jugando al científico loco y Benjamin debería estar por aquí pronto cuando el Congreso cierre la sesión para un descanso. —La voz de Gustavo era coloquial, pero ya no sonreía y observaba el rostro de Paula.


«Sabe que estoy indagando para conseguir información. Mierda. Mierda. Mierda. ¿Por qué no podía ser un poquito menos observador».


Paula le sonrió débilmente.


—Qué bien —respondió mostrando únicamente interés informal en su tono de voz. «¡Bingo!», pensó. Marcos Alfonso llegaría a Rocky Springs al día siguiente.


—Entonces, ¿qué planes tienes mientras te quedes aquí con nosotros? — preguntó Gustavo como si tuviera todo el derecho a conocer su calendario—. ¿De dónde eres? ¿De qué estás huyendo?


—¿Por qué piensas que estoy huyendo de nada? —preguntó ella con cautela, manteniendo sus respuestas evasivas.


—¿No es eso por lo que la gente toma vacaciones?


—Vengo de visita desde la costa este. Pensé que Colorado sería un buen cambio. Trabajo en banca hipotecaria. Es un trabajo estresante. —Le lanzó una sonrisa agradable.


—¿Has ido ya a las aguas termales? Está garantizado que quitan el estrés.


—No.


—¿Has ido a esquiar hoy?


—No esquío —admitió ella a regañadientes.


—Tenemos clases. De hecho estaría encantado de enseñarte yo mismo —le dijo en un tono grave de «quieres acostarte conmigo» que hablaba de enseñarle algo más que unos cuantos movimientos de esquí.


Paula se estremeció cuando sus miradas se encontraron y se quedaron prendidas. Pedro dejó perfectamente claro que le gustaría enseñarle algo más que esquí básico. Mucho más.


«He conseguido lo que quería. Hora de correr. Literalmente», se dijo.


—Gracias —dijo agradecida—. Pero he venido a pasar un tiempo sola. De hecho acabo de romper con un tipo, un hombre que me engañó. En realidad estoy lamiéndome las heridas. Agradezco la oferta, pero, de verdad, necesito un poco de tiempo para mí misma. —Se levantó apresuradamente y se alisó la falda —. Gracias por la charla. —Rebuscó en su bolso de mano para encontrar la llave de su habitación, se limitó a hacer una inclinación de cabeza educadamente mientras la sacaba y cerraba el bolso—. Quizás vuelva a verte por aquí. —«O no… si puedo evitarlo», se dijo Paula.


Pedro se puso en pie y dio la vuelta a la silla para colocarla en su sitio.


—¿Paula?


Ella había empezado a alejarse, pero se volvió hacia él.


—¿Sí?


Él dio unos pasos hasta ella, tomó un mechón de su cabello entre los dedos no apareció durante un instante antes de inclinarse lentamente.




CAPITULO 1 (SEPTIMA HISTORIA)




«Encuentra y seduce a Marcos Alfonso». 


El firme objetivo de Paula Chaves le retumbaba en la cabeza mientras daba vueltas a la pajita en su vaso de té helado.


Recorrió con la mirada el lujoso bar de Rocky Springs Resort. Su primer día allí, en el paraíso de los turistas de invierno en Colorado, había sido un fracaso épico.


No había divisado ni una sola vez a Marcos, el mayor de los icónicos hermanos multimillonarios Alfonso, y ni siquiera había conseguido averiguar su paradero.


Lo único que había conseguido de aquel día era un desagradable mareo cuando bajó al gimnasio del resort a hacer su riguroso entrenamiento habitual por la mañana, obviamente provocado por la falta de ajuste a la altitud de allí, en el campo a gran altura de Colorado.


«Brillante».


Había aflojado el ritmo de su entrenamiento del día y empezó a beber tanta agua como podía. 


Era fundamental que no tuviera ninguna debilidad ahora y necesitaba ajustarse a la altura tan rápido como fuera posible. Ya había empezado a encontrarse mejor, así que supuso que su cuerpo de persona de la llanura estaba haciendo los ajustes a estar en algún lugar en mitad de la cordillera frontal de las Montañas Rocosas.


Al mirar a su alrededor, lo único que veía era una marea de personas que parecían recién llegadas de las pistas de esquí. Tenían las caras rojas del frío e iban ataviadas principalmente con ropa para la nieve: abrigos y pantalones para esquiar, suéteres y bufandas. Algunas de ellas incluso tenían los esquís apoyados contra la pared mientras charlaban con una bebida caliente en la mano.


«¿Cómo sería ser uno de estos turistas? A los treinta años, ni siquiera recuerdo haber tomado vacaciones ni cuándo fue la última vez que hice nada simplemente para divertirme».


Paula se sentía fuera de lugar con un vestido negro de cóctel, especialmente teniendo en cuenta que apenas eran las cuatro de la tarde. 


Pero tenía una misión e iba vestida para el objetivo que quería cumplir. Cruzó las piernas largas y esbeltas, se echó el pelo rubio hacia atrás por encima del hombro con un gesto informal y estudió a las personas mientras elaboraba otro plan frenéticamente.


«Si no encuentro a Marcos Alfonso, tendré que hacer que él venga a mí de alguna manera».


Sinceramente, Paulaa preferiría estar en casi cualquier otro lugar que donde estaba en ese preciso instante, en lo que parecía ser un enorme y fabuloso patio de juegos para ricos. 


Detestaba el vestido coqueto y los altos tacones que llevaba, símbolo de poder: zapatos que casi hicieron que cayera sobre su trasero al salir del ascensor y quedarse enganchado el tacón de aguja del zapato con la pequeña abertura de metal que alojaba la puerta corredera. Por suerte, estaba sola en el ascensor y nadie había visto su entrada no muy elegante al vestíbulo.


«Gracias a Dios, nadie me vio. Tengo que actuar como si estuviera perfectamente cómoda aquí, aunque no lo esté. Tengo que encontrar a Marcos Alfonso. Pero, en realidad, ahora mismo preferiría estar en casa en mi apartamento diminuto con varias cajas de comida china, un buen libro y un poco de chocolate».


Estaba hambrienta, pero había echado un vistazo a los precios del menú que había fuera del distinguido restaurante del resort y estuvo a punto de atragantarse. La cena tendría que esperar hasta que pudiera conducir a la ciudad.


El precio de una habitación básica allí, en el resort, ya era bastante malo: una noche costaba más que todo su alquiler de un mes. No se trataba de que no pudiera pagar la cena allí; no quería hacerlo. Era muy probable que se quedara con hambre al salir del restaurante. El lugar elegante parecía uno de esos restaurantes con porciones caras y diminutas que no iban a saciar su apetito. A Paula no le importaba una mierda la presentación de su cena; le importaba si la comida era abundante y buena… o no. La irritaba salir de un restaurante con la cartera mucho más ligera y el estómago aún rugiéndole. ¿De qué servía un plato bonito y un aroma delicioso si sólo tomaba unos bocados a un precio astronómico?


«No hay muchas razones para pasar mucho más tiempo aquí. Es hora de cambiarme de ropa y dirigirme a la ciudad para la cena».


Obviamente, el mayor de los hermanos Alfonso no pasaba mucho tiempo allí, en el resort. Por lo visto, ninguno de los Alfonso lo hacía. Como mínimo, había esperado toparse con la madre de Marcos, Ailyn Alfonso, una mujer de quien se decía que pasaba mucho tiempo dirigiendo el resort. Por desgracia, no había atisbado a ninguno de los Alfonso en todo el día. Y los reconocería a todos y cada uno de ellos a la vista, aunque no conociera personalmente a ninguno. Había estudiado bastantes fotografías de aquella acaudalada familia en particular.


—Te invitaría a una copa, pero no parece que hayas hecho mucho con la que ya tienes. —Un barítono grave y sexy reverberó detrás de Paula, sorprendiéndola lo suficiente para hacer que casi hiciera caer su vaso.


Sorprendida porque el hombre se había aproximado a ella desde atrás, Paula se volvió cuando por fin divisó a un chico con el que no le importaría hablar: «Pedro Alfonso».




SINOPSIS (SEPTIMA HISTORIA)





Paula Chaves no está en Rocky Springs por las aguas termales, por las actividades del resort ni por el esquí fabuloso. Ha venido a Colorado por una única razón: para encontrar y acercarse a Marcos Alfonso, el mayor de los hermanos Alfonso. Por desgracia, los problemas la encuentran a ella en forma de Pedro Alfonso en lugar de Marcos. El hermano más pequeño de los Alfonso es arrogante, engreído, inteligente y tenaz en sus intentos por averiguar por qué quiere encontrar a Marcos aunque nunca lo ha visto. Paula no está dispuesta a divulgar esa información, y Pedro está decidido a desvelar sus intenciones. Eso convierte a Pedro en el macho alfa atractivo, travieso, sexy y con unos hoyuelos adorables que le pisa los talones.


Paula se queda realmente confundida cuando Pedro la ayuda a salir de una situación difícil y potencialmente peligrosa. Eso le deja preguntándose si realmente es el imbécil engreído y arrogante que finge ser o si Pedro Alfonso no es mucho más de lo que había pensado en un principio. 


Pedro Alfonso quiere a Paula Chaves en su cama... desesperadamente. Cuando ella lo rechaza totalmente y lo ignora al conocerse, se siente aún más decidido a averiguar sus secretos y a hacer que se someta al deseo ardiente que irradian ambos. El hecho de que sea una mujer dura que puede devolverle exactamente lo que él le da, la convierte en alguien mucho más fascinante para él. 


Cuando Pedro y Paula se enzarzan en una batalla de ingenio y voluntades saltan chispas que harán prender llamas de pasión y deseo como ninguno de ellos ha experimentado nunca. 


Sin embargo, al descubrirse la mentira y producirse una traición, ¿podrán trabajar juntos estos dos adversarios que se parecen tanto sin dejar que la pasión ardiente entre ellos los abrase a ambos?






CAMBIO DE PERSONAJES

SEXTA HISTORIA = SEPTIMA HISTORIA

PEDRO ALFONSO = JOAQUIN SUTHERLAND
PAULA CHAVES = ESPERANZA SINCLAIR
GUSTAVO COLTER = PEDRO ALFONSO





domingo, 9 de septiembre de 2018

CAPITULO FINAL (SEXTA HISTORIA)




Dos semanas después


Pedro observaba a Paula, sentada en la proa del yate. Sí, ahora llamaba yate al barco Paula. Su mujer no se merecía menos. Se veía lo bastante guapa y feliz como para quitarle el aliento. 


Dudaba que nunca fuera a mirarla y a no sentirse exactamente de la misma manera. Se había convertido en toda su vida, en una vida que lo había hecho tan feliz que casi resultaba aterrador.


Paula había embarcado en el yate llena de emoción y de entusiasmo, ansiosa por salir al agua. Al mirarla, se dio cuenta de que se haría tan adicta a estar en el océano como él. Ya estaba ocupada tomando fotografías de casi cualquier cosa y de todo lo que veía.


Llevaba el pelo suelo y ondeando salvajemente al viento, lo cual hacía que pareciera indómita y tremendamente sexy.


—¿Te estás divirtiendo? —Se sentó a su lado.


—Esto es increíble. Gracias por traerme —respondió con entusiasmo.


Como si fuera a hacer otra cosa. No podía estar lejos de ella ni un día sin echarla tanto de menos que dolía.


Habían pasado la mayor parte de la víspera visitando a la madre de Pedroque estaba exultante de que Paula se uniera a la familia. Su madre siempre había adorado a todos los Chaves, pero tenía debilidad por la niñita que había tenido una madre que nunca la guió realmente y un padre inútil y violento.


Había dado la bienvenida a Paula como si fuera parte de la familia y Pedro vio que estaba radiante al saberse tratada como una hija amada.


—Me alegro de que te guste —le dijo sencillamente mientras le daba un beso en la frente.


—Me encanta. Ya he tomado varias fotos bonitas.


Pedro sonrió de oreja a oreja. Esperaba poder interesarla en otras vistas cuando salieran al mar.


—Todavía no te he enseñado los camarotes cómodos.


Ella le sonrió con suficiencia.


—¿Es eso lo único en lo que piensas?


—¿Cuándo estoy contigo? Sí. Más o menos. —Pedro no iba a negar que quería llevársela a una cama. A cualquier cama. Lo único que tenía que hacer era mirarla, pensar en ella y se le ponía duro como una roca.


Qué estúpido había sido por pensar que podría sacarse a Paula de la cabeza acostándose con ella. En lugar de resultar más fácil, era más difícil no tocarla a medida que se unían más y más.


Todavía tenía negocios que concluir en Nueva York, pero más tarde aquel año esperaban mudarse permanentemente a Amesport. Tal vez fueran a esquiar a Aspen de vez en cuando, y él tendría que estar en Nueva York a veces, pero tendrían un hogar permanente y Paula estaría en un lugar donde disfrutara. No se quejó de Nueva York ni una vez. Era la clase de mujer que le veía lo bueno a todo y pasaba el tiempo explorando las vistas y haciendo tantas fotos como podía. Pero Pedro sospechaba que sería mucho más feliz en Amesport y, para ser sincero, él también. Sería agradable tener a German y Emilia justo al final de la calle.


—¿Crees que a German ya se le ha pasado el enfado lo suficiente como para dejarme ver en Maine a estas alturas? —preguntó en tono informal.


—Ha superado por completo cómo empezamos. Has hablado con él. Está impaciente porque vivamos allí. —Se retiró de la cara el pelo llevado por el viento.


Para alivio de Pedro, sus hermanos habían superado lo que había hecho.


Probablemente porque hablaban a menudo con Paula y sabían que era feliz.


—Me alegro —reconoció él—. German y yo hemos sido amigos durante mucho tiempo.


—Todavía sois amigos —le dijo ella con vehemencia mientras enredaba los dedos en su pelo y tiraba de su cabeza hacia abajo para un beso apasionado.


Pedro gimió. Necesitaba enseñarle los camarotes pronto. Cuando sus bocas se separaron, dijo en tono persuasivo:
—Ven abajo.


—Pero esto es muy bonito —protestó ligeramente antes de lanzarle una sonrisa pícara.


—Algo será bonito abajo también.


—¿No le parecerá raro a la tripulación que ya hayamos desaparecido bajo cubierta?


—Trabajan para mí —respondió él con arrogancia.


—Supongo que me vendría bien una siesta. Alguien me tuvo levantada hasta tarde anoche —lo amonestó en tono juguetón.


Él la tomó en brazos y se dirigió hacia las escaleras.


—Cariño, creo que seguirás cansada.


—Entonces tal vez no deberíamos —sopesó coqueta. Se abrazó a su cuello.


—Deberíamos —insistió él mientras la llevaba escaleras abajo. Era tan condenadamente preciosa que no iba a permitir de ninguna manera que se echara la siesta hasta más tarde. Mucho más tarde.


—Te amo —le susurró al oído.


«Santo Dios». Se movió más deprisa y dejó que Paula abriera la puerta cuando llegaron al camarote.


—Te amo, cariño.


—Bueno, ¿qué te parece? —preguntó Pedro con nerviosismo.


—Muy bonito —respondió Paula con reverencia—. No puedo creer que nunca hayas tenido sexo con una mujer en este yate. Lo has tenido durante varios años.


—No podía. Era mi esperanza, mi Paula. No iba a pasar.


—Un yate virgen de verdad, ¿eh?


—Puro como la nieve, si no cuentas las veces que me masturbé con fantasías en las que estabas conmigo. —Pedro tenía muchas de esas.


—Hagamos que tus sueños se hagan realidad —le dijo en voz baja, seria.


—Cariño, ya se han hecho realidad.


La besó y ella procedió a dar vida a todas sus fantasías; tuvo éxito haciendo que la realidad fuera mucho mejor que la fantasía.


Pedro había esperado toda una vida a Paula y cada momento que pasaba con ella era mejor que el anterior.


Había decidido que, a veces, realmente valía la pena esperar un milagro.


~ Fin ~




CAPITULO 53 (SEXTA HISTORIA)




No se movieron durante mucho tiempo. Yacieron allí tumbados, simplemente celebrando la alegría de estar juntos y esperando el futuro expectantes. Hablaron en murmullos sobre su amor y sanaron viejas heridas que los mantenían separados.


Cuando finalmente se fueron de Rocky Springs a la mañana siguiente, Paula besó a Gustavo en la mejilla y le dio las gracias por todo lo que había hecho por ella. Tal vez fuera creído y arrogante a veces, pero el hombre tenía un corazón de oro bajo su exterior dominante.


—Espero que Gustavo encuentre a una buena mujer algún día —dijo Paula con melancolía mientras se dirigían al avión privado de Pedro para volar de vuelta a Nueva York.


—Oh, yo también, cariño. Espero que le haga pasar un infierno antes de sacarlo de la incertidumbre. Cabrón arrogante —gruñó Pedro.


Paula sonrió mientras caminaba junto a Pedro de la mano mientras se acercaban al avión.


—Es terrible decir eso. —Le dio un puñetazo juguetón en el bíceps. Sabía que en realidad a Pedro le gustaba Gustavo, que probablemente lo respetaba, pero no le había hecho gracia que abrazara al rubio guapo para despedirse ni que le diera un beso en la mejilla.


—No es terrible. Estoy esperando que suceda —dijo inocentemente, lanzándole una mirada hábil.


—Estás esperando para torturarlo —lo reprendió.


Paula sonrió cuando Pedro rió con malicia. No podía evitarlo. Al haberse criado con cuatro hermanos que se atormentaban mutuamente todo el tiempo, sabía que aun así se querían, y Pedro distaba mucho de ser un insensible. Tal
vez Gustavo fuera un grano en el trasero de Pedro, pero le caía bien.


—Puede que un poco —reconoció Pedro mientras la ayudaba a subir las escaleras del avión—. Estaba bien hasta que lo besaste —la acusó.


Paula se limitó a lanzarle una sonrisa seductora.


—Sólo se ha llevado un beso amistoso en la mejilla. Tú te llevas mucho más.


— Demuéstramelo —dijo Pedro con voz sensual mientras embarcaba detrás de ella.


—Cuenta con ello —respondió ella con ese tono de voz que decía «acuéstate conmigo» y al que sabía que Pedro no podía resistirse.


—Pronto —gruñó Pedro.


Paula solo se rió y procedió a demostrarle muchas cosas en cuanto el avión se niveló e iban de camino a Nueva York. Fue un vuelo… muy placentero