jueves, 20 de septiembre de 2018

CAPITULO 36 (SEPTIMA HISTORIA)




Paula arrojó su identificación sobre la mesa, pero no apartó la mirada de Marcos mientras Pedro hacía exactamente lo que Marcos había ordenado.


Comprobó el número en su ordenador portátil antes de llamar. Paula oyó hablar a Pedro, pero tenía la atención puesta en su hermano.


Aquel día se veía diferente, su mirada distaba mucho de no tener emociones.


Marcos parecía cansado y sus ojos grises de Alfonso brillaban de tristeza y remordimiento.


«Dios mío… ¿de verdad es posible que Marcos esté diciendo la verdad? Por favor. Por favor. Que sea verdad. Significaría tanto para Pedro que Marcos fuera realmente uno de los buenos. Pero si lo es, ¿qué demonios estaba haciendo con todos esos explosivos?».


Pedro terminó la conversación, apagó el teléfono móvil y se lo devolvió a Marcos.


—Guarda la pistola, Paula —le dijo Pedro llanamente—. Está diciendo la verdad.


«¿Qué demonios…?», pensó Paula. Enfundó la pistola, aún confundida.


—¿Cómo? ¿Por qué?


Marcos inclinó la cabeza hacia ella.


—Gracias por no dispararme.


—Dale las gracias a Pedro. Yo quería dispararte —farfulló enojada. Después del infierno que le había hecho pasar a Pedro, había querido hacer daño a Marcos.


Mucho.


Marcos rio entre dientes.


—Estoy seguro de que eso querías. Y probablemente aún quieres. —Miró a Pedro—. Desde luego, te has buscado una mujer leal.


—Es jodidamente increíble —corrigió Pedro—. ¿Vas a decirme qué demonios está pasando? ¿Lo saben los demás? —Hizo un gesto hacia la mesa.


Todos se sentaron, y a Paula le pareció surrealista que en realidad estuviera mirando al otro lado de la mesa a un hombre de quién había pensado que era terrorista hacía poco tiempo.


Marcos empezó a hablar.


—Blenjamin lo sabe desde que vino a Washington y pude hablar con él en persona. Me reuní con Renzo en Denver antes de llegar aquí, y acabo de llegar de una larga discusión con Chloe y con Mamá.


—Así que soy el último en enterarme —gruñó Pedro.


—Sabía que sería más difícil contártelo a ti —dijo Marcos con sobriedad—. Hice que resultaras herido, Pedro. Y Paula también fue humillada y herida. Lo siento.


—Forma parte de mi trabajo —contestó Paula en voz baja—. ¿Puedes explicar cómo es posible que el FBI no supiera nada de ti?


Marcos asintió con la cabeza.


—No lo sabía mucha gente, y no me sorprende que pusieran a un equipo antiterrorista del FBI en este caso. Me lo esperaba. Mi rastro no era precisamente discreto y no pretendía serlo. Pero era altamente confidencial y no queríamos que se filtrara información. La persona con menor rango de la CIA que lo sabía era el subdirector del NCS, y el director del FBI fue informado, pero no se le permitió compartir la información.


—¿Cuál era tu misión? —preguntó Pedro con brusquedad.


Marcos hizo una mueca.


—En realidad fue algo en lo que me vi envuelto involuntariamente. Este grupo era bastante sofisticado, y tenían dinero. Se hacían pasar por empresarios legítimos y respetados. Escuché un intercambio que estoy seguro de que se suponía que yo no debía entender. Estaba discutiéndose en árabe en un evento de negocios.


—Hablas muchos idiomas —musitó Paula.


Marcos se encogió de hombros.


—Trato con muchos países y tengo un don para aprender idiomas.


—Entonces, ¿qué? —preguntó Pedro.


—Me dirigí a la CIA con la información.


—¿Cuánto tiempo has estado ayudando a la CIA?


—Un tiempo —admitió Marcos a regañadientes—. Viajo y recojo información limitada para ayudarles. He ayudado con la recopilación de información para ellos en el pasado, pero nada a la misma escala que esta operación en particular. Me preguntaron si podía acercarme a estos hombres, intentar infiltrarme en el grupo de alguna manera. No fue fácil. Soy estadounidense y no confiaban en mí. Tardé dos años hasta que por fin los convencí de que lo único que quería era dinero y de que no me importaba su causa. No querían que me importara. Solo necesitaban una tapadera estadounidense para comprar los explosivos, de modo que no despertara tantas sospechas. Puesto que somos una familia prominente, decidieron arriesgarse. El plan era reunir todos los explosivos y después hacer el trato final. Me pagarían y ellos se llevarían sus explosivos por aire. Lo que interrumpiste fue la comprobación del último cargamento antes de que hiciéramos nuestra transacción. Se suponía que aquel día no debía ocurrir nada. El director estaba planeando reunir a un equipo especial, FBI incluido, para la detención final. Yo quería asegurarme de que mi familia se hubiera ido lejos de la zona antes de que ocurriera algo. 


Marcos hizo una pausa momentánea antes de proseguir:
—No debería haber usado la pista de aterrizaje ni Rocky Springs.


—No tenías mucha opción. Es un aeropuerto privado. ¿Dónde más podrías haber arreglado esto? —dijo Paula en voz baja, a sabiendas que tenía el cebo perfecto para los terroristas porque tenía un aeropuerto privado y los Alfonso eran una familia muy respetada.


—Puso en peligro a mi familia —replicó Marcos con desaliento.


—Normalmente, no lo habría hecho —dijo Pedro sinceramente—. La pista de aterrizaje está a una distancia segura de nuestras casas y del complejo. Que Paula y yo estuviéramos allí fue por casualidad. Quería demostrarle que no estabas involucrado para que dejara de intentar atraer tu atención.


Marcos sonrió y miró a Paula.


—Oh, habría atraído mi atención. Pero probablemente habría adivinado que ella era agente federal.


—No lo habrías sabido nunca —dijo Paula a la defensiva—. Soy condenadamente buena en mi trabajo.


La sonrisa de Marcos se ensanchó.


—Y yo tengo muy buenos contactos —replicó Marcos antes de mirar a Pedro —. ¿La distinguiste como federal?


—Sí, pero solo porque comprobé su información personal. En realidad no sospechaba que fuera del FBI. Solo sabía que no era la huésped promedio del resort.


—Durante los dos últimos años he comprobado a todos los que siquiera hablaron conmigo. No tenía dudas de que el FBI estaba investigando, pero no estábamos listos para formar un equipo. Primero necesitábamos las pruebas — explicó Marcos.


—¿Por qué dejaste que el equipo te arrestara? —preguntó Paula con curiosidad.


—No todos los terroristas estaban allí. Teníamos que reunir al resto del grupo. Habrían escapado de inmediato si supieran que yo estaba implicado con la CIA. Tuve que esperar hasta que el resto del grupo estuviera bajo custodia, y teníamos que tenderles una trampa. Si me hubiera expuesto entonces, eso me habría dificultado ayudar a atraer al resto del grupo a una zona de detención —le informó Marcos—. Me alegró muchísimo que tuvieras refuerzos, agente Alfonso. Fui al almacén para intentar enviar un mensaje de emergencia al director mientras los terroristas estaban ocupados comprobando la mercancía, pero no iban a llegar a tiempo. Yo ya estaba intentando pensar en un plan alternativo.


—No les dijiste que yo era tu hermano —observó Pedro—. No entiendo árabe tan bien como tú, pero sonaba como si estuvieras diciéndoles que éramos policías.


Marcos asintió con la cabeza.


-No quería que supieran que estábamos emparentados por nada del mundo. Están paranoicos y locos. Era mejor dejar que pensaran que habíamos sido descubiertos por las autoridades locales y que necesitábamos actuar más rápido. Iba a intentar conseguir que proporcionaran el dinero para que pudieran empezar a transportar los bienes mientras yo os retenía a vosotros dos para darles tiempo para escapar. Eso nos habría dado un poco de tiempo, pero no estoy seguro de que hubieran aceptado, y no sabía lo rápido que se enviaría a las fuerzas del orden. Créeme… Estaba encantado de que el FBI me arrestara con todos los demás. Me alegraba de que estuvieran bajo custodia, y la agente Alfonso tuvo la previsión de traer refuerzos. Estaba preocupado de que te me desangraras hasta la muerte.


—Por favor, llámame Paula. Y yo no confiaba en ti como lo hizo Pedro.


—Me alegro. —Marcos le lanzó una mirada agradecida a Paula.


—Aún no se ha filtrado nada a los medios de comunicación —observó Pedro.


Marcos sacudió la cabeza.


—Con un poco de suerte, no lo hará. Lo mantuvimos bajo control. Los únicos civiles que lo saben son Gabriel y mi familia, y ahora Gabriel sabe la verdad. Dice que no se lo dirá a nadie, y yo le creo. El hospital no tenía ni idea de lo que te pasó, Pedro. Denunciaron la puñalada, pero la denuncia fue a la Policía, y no van a hablar. La verdad es que yo preferiría que esto no se convierta en un cotilleo y que la menor cantidad posible de gente sepa que trabajo con la CIA.


—Eso tiene sentido si alguna vez quieres volver a servir como agente — convino Paula.


—No puedo creer que mi hermano sea un puñetero espía —gruñó Pedro—. Dios, es probable que te maten jugando a James Bond.


Marcos le dirigió una mirada reprobatoria a Pedro.


—Mira quién habla. Lo que hago yo es mucho más seguro que cualquiera de tus misiones pasadas. —Marcos se volvió hacia Paula—. ¿Y cuál era tu objetivo aquí en el resort?


—Acercarme a ti y seducirte para que hablaras. Lo único que sabíamos era que estabas comprando y transportando por aire grandes cantidades de explosivos. Era un trabajo de investigación.


—Qué bien —dijo Marcos, tan suave como la seda. Sus ojos la miraron despreocupadamente—. ¿Cuánta seducción habría implicado exactamente? — preguntó.


—Nada —gruñó Pedro—. Está vedada.


Marcos sonrió.


—Ya no. Estamos del mismo lado.


—Me arrepentí de veras de darte un puñetazo en la cara. No me obligues a hacerlo otra vez —le advirtió Pedro con voz amenazante.


—¿Te sientes un poco posesivo, hermanito? —Marcos sonaba divertido.


—Sí —afirmó Pedro.


—¿Y tú cómo lo llevas, Paula? —preguntó Marcos.


«Es sexy. Tan increíblemente sexy que quiero derribar a Pedro y joderlo hasta quedarme sin aliento».


—Puedo manejarlo —le dijo Paula a Marcos con una sonrisa.


—De alguna manera, estoy seguro de que puedes —dijo Marcos mientras se levantaba—. Tengo que encargarme de algunos detalles, pero seguiremos hablando más tarde. Sólo quería que ambos supierais que lo siento. No tenéis ni idea de lo difícil que fue no revelar quién era. Pero creo que probablemente habría conseguido que nos mataran a todos. Estaba aterrorizado de que Pedro fuera a morir desangrado. De todos modos, estuve a punto de descubrir mi tapadera.


Paula estaba bastante segura de que Marcos tenía razón. teniendo en cuenta que estaba preocupado por su hermano pequeño, había manejado bien las cosas.


Aunque ella no hubiera visto las intenciones tras el disfraz de Marcos, ahora veía su preocupación y pesar.


Ella y Pedro se levantaron para acompañar a Marcos a la puerta. Por instinto, Paula agarró el brazo de Marcos. Éste se volvió hacia ella interrogativamente.


Pedro siempre creyó en ti. Incluso cuando le mostré pruebas concluyentes, se rió en mi cara. Nunca creyó que fueras culpable —le dijo a Marcos con urgencia, deseando asegurarse de que ninguno de los hermanos terminara resentido.


—Lo sé. —Marcos le dio una palmadita en la mano—. Lo siento hermanito —le dijo sinceramente a Pedro.


Paula retiró la mano del brazo de Marcos y vio como dos pares de ojos grises Alfonso cruzaban una mirada de comprensión. Marcos se estiró y dio un abrazo de oso a Pedro. Éste envolvió el cuerpo de Marcos con los puños apretados; los dos se golpearon el uno al otro en la espalda. Ambos eran aproximadamente del mismo tamaño y Paula se preguntó si se harían daño el uno al otro en su viril demostración de afecto.


—Estoy muy contento de que estés a salvo, joder —le dijo Pedro cuando los dos hombres se separaron, ambos golpeándose la espalda todavía.


—Me alegro de que los dos estéis bien. —Marcos miró de hito en hito a Pedro y a Paula.


Ella se adelantó y dio un abrazo a Marcos.


—Gracias.


Esa palabra cubría tantas cosas:
«Gracias por ser inocente para que Pedro no sufra más. Gracias por ser un hombre rico y lo bastante bueno como para ayudar a detener a terroristas. Gracias por preocuparte por una humilde agente del FBI que solo estaba haciendo su trabajo. Gracias por querer a tu hermano pequeño porque yo también lo quiero».


Marcos no dudó en devolverle el abrazo antes de soltarla. Paula tomó su identificación, que había dejado sobre la mesa, y se la devolvió.


Con la mano aún en la puerta, Marcos se volvió hacia ella con una sonrisa maliciosa que de repente le recordó mucho a Pedro.


—Sabes, quizás habría dejado que me sedujeras. Pero no habría hablado nunca —dijo, coqueto, inclinándose hacia ella para que Pedro no pudiera oírlo.


Ella puso los ojos en blanco ante sus palabras arrogantes y le susurró al oído:
—Habrías cantado como un pajarito, Alfonso.


Marcos se echó a reír mientras salía y cerró la puerta tras de sí.


—¿Estaba flirteando contigo? —preguntó Pedro con brusquedad mientras miraba fijamente la puerta cerrada con el ceño fruncido.


—Estaba siendo un listillo —admitió Paula—. Parece que es algo en lo que destacáis todos los hermanos Alfonso.


—Mi hermano no es un terrorista —dijo Pedro en voz baja.


—Lo sé. —Paula alzó la mano para acariciarle la mandíbula, que pinchaba por la barba creciente.


—¡Mi hermano no es un terrorista! —gritó de alegría mientras la levantaba por la cintura y la hacía girar hasta llegar al salón.


El corazón de Paula se elevó ante la alegría de la voz de Pedro. Lágrimas de felicidad le corrían por el rostro.


—Lo sé.


—Es un puñetero agente de la CIA. Marcos es espía. —Pedro se derrumbó en el sofá, tirando de ella con él, y se echó a reír. Extendió la mano y abrazó a Paula contra él. Se le quebró la voz de emoción mientras decía con énfasis:
—¡Gracias a Dios!


Paula le devolvió el abrazo, meciéndolo contra su cuerpo, compartiendo su alegría con el rostro aún bañado en lágrimas: lágrimas de alivio por Pedro y por toda la familia Alfonso. Estarían enteros de nuevo, intactos porque Marcos era
todo lo que Pedro siempre había dicho que era.


Pedro la abrazó durante más de una hora; ninguno de los dos habló demasiado de nada.


Agotadas las emociones, se quedaron dormidos en brazos del otro. Pedro se despertó unas horas más tarde y la llevó al dormitorio con él con delicadeza.

CAPITULO 35 (SEPTIMA HISTORIA)






El domingo por la tarde, Paula estaba frente al ventanal de la casa de Pedro y lo observó paseando a Shep. Sonrió al ver que sus labios se movían; estaba hablando con el cachorro, probablemente diciéndole al perro lo poco razonable que estaba siendo ella.


Pedro había pasado el día entero tratando de venderle las ventajas de quedarse en Colorado. Después de terminar una sesión matutina con Chloe en el gimnasio,


Pedro la había llevado a esquiar. Al final del día, tenía el trasero amoratado y magullado, pero había sido capaz de permanecer en posición vertical con los esquís por las pistas de principiantes. Había sido divertido, desafiante, y se habían reído mucho, algo que no había hecho demasiado en toda su vida hasta que conoció a Pedro.


La había llevado volando a Denver para cenar la noche anterior, agasajándola con vino, rosas y champán. Había sido dulce y seductor, la llevó a casa y directamente a la cama, donde volvió a sacudir su mundo.


Si estaba intentando venderle Colorado y el estilo de vida de los multimillonarios, definitivamente no tenía argumentos. Pedro tenía una familia increíble, una casa preciosa, y a ella ya le encantaba Colorado. Era distinto a vivir en Washington, pero en de una manera buena. Era tranquilo, y Rocky Springs era una ciudad pequeña maravillosa.


El problema era que estaba enamorada de Pedro Alfonso.


Suspiró mientras apoyaba la cadera contra la ventana y lo observaba esperando pacientemente a que Shep encontrara un sitio donde hacer pis. No se trataba de que no quisiera quedarse; no podía quedarse. Su corazón ya se sentía lacerado y dolorido. Estar cerca de Pedro todos los días y no dejar escapar
exactamente cómo se sentía sería imposible.


Él quería que se quedara, pero eso no significaba que la amara. Pedro no parecía listo para amar y ella no podía soportar la agonía de amar a alguien tanto como lo quería a él y que sus emociones no fueran recíprocas.


«No es su culpa no sentirse de la misma manera», pensó Paula. No lo culpaba.


Tal vez no estuviera listo o quizás ella no fuera su mujer para siempre. No se arrepentía del tiempo que había pasado con él. La había cambiado de alguna manera, había hecho que se sintiera como una mujer. Ahora que le había abierto un mundo nuevo, no podía volver. Y no podía ignorar el hecho de que su corazón estaba abierto de par en par para él y que él no lo quería.


Quedarse sólo sería una tirita para su herida abierta. Quizás hiciera que se sintiera mejor durante un tiempo, pero al final ella acabaría devastada. Tendría que arrancarse la tirita y dejar que su corazón se curase, si eso era posible. De alguna manera, Paula no pensaba que fuera a superar a Pedro Alfonso muy pronto.


Nunca había conocido a un hombre como él, y conocía a muchos hombres. Él era… único.


Dio la espalda a la ventana con los ojos inundados de lágrimas. Mientras se sentaba a la mesa, se las secó furiosa. Lo último que necesitaba era que Pedro la viera llorar. Él ya tenía bastante con lo que lidiar en su familia en ese momento.


No necesitaba una mujer patética y llorosa que lo amaba tanto que apenas podía respirar cuando pensaba en dejarlo.


La noche anterior, durante la cena, Paula le había preguntado a Pedro si quería hablar de Marcos. Ella sabía que estaba destrozado por dentro, pero él no quiso hablar de ello. Dijo que era demasiado pronto y que tenía que poner en orden sus sentimientos. Estaba en fase de negación, pero Paula sabía que la traición de
Marcos caería sobre él tarde o temprano. Quería ayudarlo, pero no quería presionarlo si él no estaba preparado para hablar.


«Quizás me llame cuando esté listo para hablar», pensó.


Una cosa era segura: ella le hablaría al respecto, aunque escuchar su voz desde tan lejos casi la matara. Pedro necesitaría que alguien lo escuchara cuando finalmente aceptara lo que había hecho Marcos.


Pedro entró en casa justo en ese momento, dejó sus botas en el porche y soltó la correa de Shep. 


Se quitó el abrigo y el gorro; llevaba el cabello con ese estilo puntiagudo que hacía que quisiera lanzarse a sus brazos. De acuerdo, siempre quería lanzarse a sus brazos, pero aquello hacía que el impulso fuera aún más fuerte. Aquel día tenía un aspecto especialmente atractivo con unos pantalones descoloridos y un jersey de pescador de color tostado.


Shep se acercó a ella dando brincos, se contoneó a sus pies e intentó trepar por la pernera de sus pantalones. Ella lo recogió con una risa feliz y lo acurrucó contra el algodón de su jersey de cuello alto de manga larga.


—¿Por qué siempre vienes a mí cuando tienes frío? —Paula se estremeció cuando el cuerpo diminuto y frío del perro se acurrucó contra ella.


—Porque eres muy caliente. Él sabe cómo calentarse. Perro listo —dijo Pedro con una sonrisa pícara.


Ella puso los ojos en blanco mirando a Pedro, pero en secreto le encantaba que insinuara que era atractiva. Un hombre que realmente la trataba a ella como si fuera una mujer deseable seguía siendo una novedad para ella, y lo disfrutaba como si fuera chocolate.


Paula echó un vistazo al trasero perfecto y apretado de Pedro mientras él caminaba hacia la cocina para ponerle la comida a Shep. El perro saltó del regazo de Paula en el momento en que Pedro llenó el cuenco del cachorro.


—Abandonada por comida —gruñó de buena gana.


Pedro la miró desde el otro lado de la habitación, con la mirada ardiente.


—Supongo que no siempre es inteligente. Yo dejaría de comer comida para que tú me acariciaras en un santiamén.


Ella le devolvió una sonrisa tonta.


—Me siento honrada.


Paula se sobresaltó cuando llamaron al timbre.


—Yo abro. Probablemente sean tu madre y Chloe —dijo Paula mientras se levantaba de un salto, siempre encantada de ver a Ailyn y Chloe. No esperaba verlas aquel día porque ella y Pedro las habían visitado la víspera en el resort por la mañana cuando ella y Chloe terminaron en el gimnasio.


Abrió la puerta con una sonrisa, una expresión de felicidad que se volvió confusión cuando vio un rostro completamente distinto de los que esperaba.


—¿Benjamin? Pensaba que seguías en Washington.


La expresión en el rostro del hermano de Pedro era sombría y aquel día le faltaba su sombrero de vaquero. Iba ataviado con un traje oscuro a medida y un abrigo de lana oscuro.


—¿Puedo entrar? —preguntó educadamente.


Paula abrió la puerta y dejó que entrara.


—¿Qué cojones haces aquí, Marcos? —se oyó la voz enfadada de Pedro desde detrás de Paula.


«¿Marcos? ¿Éste es Marcos?», pensó ella.


—¿Estás seguro? —le preguntó bruscamente mientras se alejaba un paso del hombre que acababa de entrar y sacaba la pistola de la funda que llevaba a la espalda. Estaba segura de que Pedro tenía razón. Parecía imposible, pero reconocía a sus hermanos.


—Sí, estoy seguro —respondió Pedro furioso.


Paula se alejó lo suficiente de Marcos como para que no pudiera quitarle el arma y lo apuntó con ella.


—Será mejor que te expliques muy rápido antes de que te dispare. —«¿Cómo demonios ha escapado de prisión y llegado hasta aquí, a Colorado? ¿Y por qué va vestido como si fuera a la oficina?», pensó.


Marcos frunció el ceño.


—Baja la pistola. He venido a hablar. Necesito hablar con Pedro.


—¿Hablar? Da un paso hacia él y te mato. ¿Cómo has salido de la cárcel? — repitió apuntándolo firmemente.


—Me han puesto en libertad legalmente —respondió Marcos con calma.


—Y una mierda —explotó Pedro mientras se acercaba a Marcos de una zancada y lo agarraba por el cuello del abrigo—. No liberan a terroristas de prisión. Prueba otra vez.


—Pedro, estás bloqueándome. Aparta —exigió Paula, nerviosa porque Pedro estaba en su punto de mira.


Marcos se zafó del agarre de Pedro.


—Escúchame. No soy terrorista. Trabajo para la CIA —explicó. Abrió una funda de cuero y sostuvo una identificación en alto.


Pedro se la arrancó de la mano y la escudriñó minuciosamente.


—Parece legal —le dijo a Paula con voz ronca.


Ella se adelantó y se la quitó de la mano, reconociendo la identificación. Si era falsa, tenía un falsificador condenadamente bueno. ¿Y para qué?


Marcos les enseñó el teléfono que tenía en la otra mano.


—El número de la CIA está en mi móvil. Llamad al director. Comprobad el número y llamad a través del número de la central, después preguntad por él. Está esperando vuestra llamada.