viernes, 21 de septiembre de 2018

CAPITULO 39 (SEPTIMA HISTORIA)




Paula había llorado cuando abrazó a Shep por última vez. También había llorado cuando se despidió de Ailyn y Chloe. Vaya si no se había sentido como un puñetero cubo con fugas durante todo el día.


Suspiró mientras se acomodaba en el asiento del pasajero del helicóptero, mirando hacia la sección clausurada del aeropuerto. Obviamente, la investigación aún no había terminado y la zona seguía cerrada. «Si no fuera por la investigación, Pedro y yo nunca nos habríamos conocido», pensó. Por más que lo intentara, 


Paula no podía arrepentirse de haber conocido a Pedro ni de haber estado con él durante aquel tiempo robado. Le había abierto los ojos a tantas cosas, a saber, a su propia sexualidad. El problema era que no tenía ninguna gana de explorar ese deseo recién descubierto con nadie excepto con él.


Pedro había estado callado casi todo el día, diciéndole que tenía que salir y cuidar de algunas cosas. Le había dolido no quisiera pasar con ella sus últimas horas en Colorado, pero probablemente era mejor así.


Volarían a Denver, ella diría un adiós apresurado sin dejar que viera sus lágrimas hasta estar muy lejos de él.


Despegaron rápidamente. Paula se sentía como si su estómago se hubiera quedado en el suelo mientras el resto de su cuerpo seguía en el helicóptero. Miró los enormes pinos y los espacios abiertos sin gente. Podía ver el rancho de Benjamin a lo lejos, que se extendía en casi todas direcciones hasta donde podía ver. 


La única cosa junto al terreno de Benjamin era la casa de Gabriel y su granja de caballos.


Paula permaneció callada durante el trayecto, mirando el paisaje de Colorado durante un largo tiempo, nerviosa, intentando mantenerse ocupada. Finalmente, miró su posición y hacia dónde se dirigía el helicóptero.


Y no era a Denver.


—¿Dónde vamos? —chilló ella al darse cuenta de que Pedro estaba aterrizando.


—Quiero enseñarte algo —respondió él con voz áspera.


—No tengo mucho tiempo para tomar el vuelo. —Necesitaba llegar pronto y ya se había entretenido un rato con la madre de Pedro y con Chloe.


—Eso no será un problema —respondió Pedro con indiferencia.


—Por supuesto que es un problema. El vuelo va en hora de momento.Despego en menos de dos horas. Tenemos que ir al aeropuerto ahora. —Estaba ansiosa cuando Pedro hizo descender el helicóptero en un pinar. No es que le preocupara que aterrizara a salvo, sino que estaba preocupada por la zona donde había aterrizado. No estaban ni remotamente cerca del aeropuerto.


—No es un problema —repitió Pedro.


—¿Por qué?


—Porque no voy a llevarte al aeropuerto —le dijo al oído con voz ronca.


Paula miró sus alrededores frenéticamente, sin ver nada más que montañas y árboles al aterrizar.


Se quitó los auriculares cuando Pedro apagó el motor.


—¿Qué demonios estás haciendo?


Se quitó los auriculares y la miró directamente a los ojos. Los suyos, de un color gris oscuro, eran increíblemente intensos cuando le informó:
—Estoy deteniéndote temporalmente.


Paula se detuvo y lo miró boquiabierta antes de que él saltara del helicóptero sin dar más explicaciones.


«¿Qué demonios está haciendo?», se repitió mentalmente.


Abrió la puerta, se volvió en el asiento, miró a su alrededor y no vio absolutamente nada más que espesura. La pista de aterrizaje había sido despejada, pero todo lo demás estaba enterrado bajo la nieve.


Pedro apareció, la levantó del asiento y cerró la puerta tras ella después de bajarla al suelo.


Por suerte, Paula llevaba botas, enterradas bajo la nieve hasta las rodillas.


Pedro, tenemos que irnos. Mi vuelo…


—Se irá sin ti —Pedro terminó su frase—. Va a ocurrir algo en ese vuelo. Algo malo. Estarás lo más lejos posible.


Ella caminó arduamente a través de la nieve junto a Pedro, que iba tirando de ella.


¿Sabes algo? Tenemos que advertírselo a alguien si hay algo planeado…


—No es eso… —gruñó Pedro—. Tengo un amigo que tiene sueños premonitorios. Me vio llorando tu muerte en un accidente aéreo. Ése es un sueño que no quiero ver cumplido en la vida real. No voy a arriesgarme.


Paula vio la parte trasera de una cabaña más adelante.


—¿Tu amigo tiene sueños premonitorios?


—Sé que suena a locura, pero Teo lo sabe. Me salvó la vida una vez y le salvó la vida a su propia esposa.


Paula no creía que estuviera loco y no podía negar que la premonición en los sueños era posible, pero…


—Los sueños premonitorios son bastante impredecibles —le dijo cuando llegaron al porche trasero de la cabaña—. No creo que estés loco, pero no puedo dejar mi vida porque alguien que no conozco predijera mi muerte. Podría ser dentro de muchos años, en el futuro, o puede que nunca suceda. —Paula no conocía a su amigo, pero podría estar delirando.


—Yo lo conozco y no dista en el futuro. Ahora sólo tiene sueños raramente, y solo sobre gente cercana o de la familia. Teo y yo somos amigos desde hace años. —Pedro abrió el cerrojo con una llave que oculta bajo el felpudo y empujó la puerta.


—¿Así que el secuestro era la única respuesta? —Puso los brazos en jarras después de entrar por la puerta.


—¿Habías esperado a otro vuelo más tarde?


—No —respondió ella sinceramente.


—Entonces sí… desviarte era la única opción.


—¿Durante cuánto tiempo exactamente? —Ahora estaba enfadada. Quizás Pedro pensara que estaba haciendo lo correcto, pero ella no conocía a su amigo y arriesgarse o no debería haber sido elección suya. Había muy pocos casos documentados sobre sueños premonitorios auténticos, y no eran predecibles en absoluto. Paula no descartaba que la premonición onírica pudiera producirse. El poder de la mente humana era un misterio, razón por la cual siempre le había fascinado la psicología. Pero nunca viviría su vida basándose en la posibilidad de que pudiera morir algún día en el futuro en un accidente de avión. Bien podría ser una especie de coincidencia o simplemente un sueño normal.


Ambos se quitaron la ropa de abrigo. La cabaña ya estaba caldeada.


—Tanto tiempo como haga falta —respondió Pedro bruscamente mientras entraba en la cabaña.


Paula lo siguió y echó un vistazo al pequeño escondite. La cabaña era una habitación enorme construida con troncos y con enormes vigas de madera en el techo alto. Había una cocina pequeña al otro lado de la sala, una estufa junto a ella que parecía despedir mucho calor y muebles rústicos encantadores. A lo largo de una de las paredes había una cama grande con un edredón de parches de aspecto cómodo; el armazón de madera tallada era enorme. Parecía que probablemente había sido tallado a mano.


Pedro, eso ni siquiera es razonable. Con toda probabilidad, no ocurra nada. La gente piensa que tiene sueños premonitorios todo el tiempo, y solo son coincidencias. —Intentó usar la razón porque Pedro era el hombre más lógico que había conocido en toda su vida. Era difícil aferrarse a su enfado cuando obviamente estaba preocupado por ella. Lo veía en su mirada.


—¿Crees que no lo sé? Pero no puedo arriesgarme. Teo ha acertado demasiadas veces —gruñó.


—¿Y si no pasa nada?


—Solo quiero quedarme aquí un tiempo —admitió Pedro.


—¿Cuánto tiempo?


—Hasta que consiga que me ames —respondió en tono gutural. Sus ojos la miraron intensamente.


A Paula se le encogió el corazón, que latía acelerado; se le hizo un nudo en la garganta. 


Tragó saliva y preguntó atragantándose:
—¿Por qué?


—Quiero que me ames tanto como yo te amo a ti. —Anduvo de un lado a otro por el enorme cuarto, rodeando las sillas de la zona del salón mientras caminaba inquieto por la cabaña—. Sinceramente, dudo que sea posible porque te amo tanto que ya no puedo pensar de manera racional. Eres mi obsesión. Todos mis pensamientos están centrados en ti casi desde el día en que nos conocimos. Tengo miedo de que te hagas daño, de que te pase algo, y me aterroriza muchísimo perder la cordura cuando te vayas.


Paula se atragantó con un sollozo mientras vía a Pedro moviéndose como un león enjaulado. 


Su agitación y vulnerabilidad la destrozaron.


«Me ama».


No solo la amaba, sino que la amaba tanto como ella lo amaba a él. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas mientras observaba su cuerpo fornido, ahora únicamente ataviado con unos pantalones y un suéter verde bosque, moviéndose sin cesar. Su expresión era sombría y se mesó el pelo de punta con una mano agitada.


Finalmente, se detuvo frente a ella.


—Dime qué tengo que hacer y lo haré —gruñó con las fosas nasales dilatadas. Sus ojos ardientes era un torbellino de emociones, todas ellas poderosas e intensas—. Sin límites.


Paula sintió que se le endurecían los pezones y que el sexo se le contraía con fuerza. El desenfreno de Pedro la excitaba hasta lo insoportable; su vulnerabilidad le rompió el corazón.


—No tienes que hacer nada —confesó ella.


—¿No hay esperanza para mí? —preguntó él en tono cortante. Sus ojos lanzaron chispas y luego se transformaron en tristeza plateada.


A Paula le dio un vuelco el corazón.


—Tampoco hay esperanza para mí —susurró con voz ronca—. Creo que me enamoré de ti desde el momento en que me guardaste esos gofres en el bufé —le dijo suavemente—. Y he seguido enamorándome hasta saber que no puedo escapar.


Por suerte, ahora que sabía que la amaba, no quería escapar. Sólo quería abandonarse a Pedro.


—¿Me amas? —preguntó él, incrédulo.


—Tanto que duele —contestó ella con un sollozo mientras se secaba las lágrimas con la mano.


Pedro envolvió su cuerpo con sus brazos musculosos, abrazándola tan fuerte que Paula apenas podía respirar, pero a ella no le importaba. Sus brazos le rodearon el cuello y ella olió el perfume de Pedro, ahogándose en su amor por él.


—¿Por qué no me lo dijiste, cariño? Dios, te amo tanto —dijo en tono áspero.


—Tenía miedo. Pensaba que el amor era una carga que no querías.


—¿Alguna vez te he hecho sentir como una carga? —le gruñó al oído.


Paula pensó durante un momento y respondió con franqueza:
—No. —Había sido una carga para sus tíos, pero Pedro nunca la había hecho sentir así—. Creo que eran mis propias inseguridades. Lo siento. He estado a punto de irme sin decírtelo. No debería haberme importado si podías corresponderme o no. Debería habértelo dicho.


—No habría sido el final —le dijo Pedro con firmeza—. Yo habría ido a buscarte, habría puesto todo mi empeño en hacerte querer estar conmigo. De alguna manera, te habría agotado tarde o temprano —terminó con confianza—. No estaba bromeando cuando dije que te necesitaba, cariño. Habría perdido la cabeza si no hubiera esperanza.


El corazón de Paula estaba tan lleno de amor que ella pensó que iba a estallar.


—Te quiero, Pedro Alfonso.


—Dios, cariño. Yo te adoro. Lo adoro todo de ti. No sé cómo no sabías lo que sentía por ti.


Ella se inclinó hacia atrás y lo miró a los ojos.


—Puede que fuera porque estaba perdidamente enamorada de ti. El miedo es una motivación poderosa.


—Yo no podría saberlo —bromeó—. Creo que lo único que me ha aterrorizado realmente en la vida es que me dejaras. —Puso una mano en su nuca, la atrajo hacia él y le dio un beso apasionado.





CAPITULO 38 (SEPTIMA HISTORIA)




Pedro sacó fuera a Shep, su ira y desesperación batallando entre sí. ¿Qué podía hacer? No podía obligarla a quedarse. Ella quería conservar su trabajo. Pedro la quería. Estaban en un callejón sin salida y no había nada que él pudiera hacer
para que las cosas salieran de otra manera. A decir verdad, no la quería así. La quería dispuesta. Quería un compromiso, algo que la uniera a él para siempre.


«No me preguntó si quiero ir a vivir a Washington. Ni siquiera me lo preguntó», se lamentó Pedro. Por Paula, lo haría en un santiamén. No le importaba dónde viviera siempre y cuando estuviera con ella. «No me lo preguntó. Para ella, la relación es imposible. 
Sólo tengo que admitir que ella no lo siente tanto como yo», se repitió. La víspera, Pedro había estado exultante porque se había enterado de que Marcos no era un criminal. Aquel día, se sentía derrotado. «Los Alfonso no renuncian. Joder, yo no renunciaría si tuviera otra opción». 


Le vibró el móvil en el bolsillo. Respondió porque era uno de sus más viejos amigos, Teo Harrison.


—Sí.


—¿Pedro? —La voz de Teo era solemne.


—Soy yo.


—Vas a pensar que estoy loco, pero ¿conoces a una Paula?


Pedro se puso alerta al instante.


—Sí. La conozco. Estoy loco por ella.


Pedro explicó rápidamente que Paula estaba allí, preparándose para volar de regreso a Washington. En pocas palabras, habló de su relación relámpago.


—Estoy enamorado de ella —le admitió a Teo—. Dejar que se marche está matándome, Teo.


—No la dejes ir —dijo Teo con urgencia—. Pedro, he tenido un sueño. No he tenido uno tan vívido desde hace mucho tiempo. Pero soñé que estabas llorando su muerte en un accidente de avión. Vaya donde vaya, no la dejes ir en su vuelo.


«¡Joder!», pensó. Pedro había aprendido a tomarse en serio los sueños premonitorios de Teo. Uno de sus sueños había salvado la vida de Pedro y, otro, la vida de la esposa de Teo, Angela.


—¿Cuándo ocurrirá? —preguntó Pedro con inquietud.


—No lo sé, pero nunca sueño nada tan vívido si no va a suceder pronto. Si va a volar, no dejes que se marche. Sé que piensas que estoy loco…


—No —interrumpió Pedro—. Sé que lo que experimentas es real. Nos salvó la vida a mí y a Angela.


—Entonces no dejes que Paula tome ningún vuelo. No si es comercial y próximamente —advirtió Teo en tono sombrío—. Si la amas, mantenla allí, aunque no me crea.


Era posible que Paula no creyera en los sueños de Teo, pero Pedro sí creía en ellos. Había visto varias veces la prueba de los extraños fenómenos. En otro tiempo, no lo creyó. Pero ahora sí.


—Pensaré en algo. Es agente del FBI, así que no estoy seguro de que vaya a creer que le digo la verdad.


—¿Estás enamorado de una agente del FBI? —preguntó Teo—. ¿Por qué no me sorprende? ¿Puede darte una paliza?


—No —negó Pedro—. Pero puede oponer bastante resistencia.


—Bien por ella. Parece que es tu tipo de mujer.


—Lo es —convino Pedro—. Nunca me había sentido así antes, Teo. ¿Cómo vives sintiendo lo que sientes por Angela?


—Es un infierno, amigo. Pero lo superarás. Si tú la amas y ella te ama a ti, es la sensación más increíble del mundo.


Pedro sacudió la cabeza aunque Teo no podía verlo.


—No me quiere.


—Entonces haz que cambie de opinión —respondió Teo bruscamente—. Si alguien puede ganar a una mujer por agotamiento, eres tú. No te rindas. Y prueba a decirle que la amas. Estás dispuesto a arriesgarte con todo lo demás, incluida tu propia vida. Arriésgate con ella.


Pedro quería hacerlo, pero le aterrorizaba que pudiera arrancarle el corazón.


—Ella no me ha dicho que me ama. —Y estaba casi seguro de que no lo amaba si estaba dispuesta a alejarse de su relación sin más.


—¿Tú se lo has dicho? —inquirió Teo sin rodeos.


—No.


—Entonces, ¿cómo sabes lo que siente ella? Habla con ella —sugirió Teo —. Y mantenla contigo por ahora.


—Eso planeo hacer —respondió Pedro con voz ronca, pensando en el horror de perder a Paula por completo. Nunca lo superaría.


—Te llamaré más tarde para ver cómo van las cosas —le dijo Teo con voz preocupada.


—Gracias, Teo. En serio. Agradezco la advertencia. —Pedro sabía que Teo no hablaba con nadie sobre su extraño don. Pero habían sido amigos durante mucho tiempo, así que se había arriesgado.


—Mantente a salvo —murmuró Teo.


—Tú también. —Pedro colgó el teléfono. Le daba vueltas la cabeza mientras volvía a meterse el teléfono en el bolsillo.


Paula nunca le creería si le decía que tenía un amigo psíquico. Tomaría ese avión de todas maneras y moriría. Lo sintió en el estómago, igual que sabía que Angela estaría muerta si Teo no la hubiese alejado durante el periodo de su posible desaparición.


—Vamos chico. Tengo que planear algo. —Tiró de la correa de Shep y lo urgió de nuevo a casa en cuanto el perrito regó el lindero del bosque.


Pensaba mientras caminaba de vuelta a casa y finalmente sacó su teléfono del bolsillo al llegar al porche. Pedro tenía un plan, pero era un poco drástico. Paula se enfadaría, pero era preferible a que estuviera muerta.


Hizo las llamadas.




jueves, 20 de septiembre de 2018

CAPITULO 37 (SEPTIMA HISTORIA)




A Paula se le encogió el corazón en el pecho mientras hacía la maleta a la mañana siguiente. 


El pronóstico del tiempo no era bueno para el martes, así que ella saldría más tarde aquella noche antes de que llegara la tormenta. Su jefe
había reservado un vuelo desde Denver y ella tomaría ese vuelo. Sería mucho más fácil que intentar decir adiós a Pedro en Washington.


«Un día menos. ¿Importa?»


En aquel preciso momento, parecía que importaba mucho. Ella quería ese día extra, le amargaba tener que renunciar antes que al día siguiente.


—¿Qué estás haciendo? —Pedro sonaba confundido cuando entró en la habitación.


—Se acerca una tormenta. Voy a tener que irme esta noche. El departamento me ha hecho una reserva en un vuelo comercial. Tengo que ir en ese vuelo. —No podía mirarlo. Si lo hacía, perdería los papeles.


—No puedes irte hoy. Se suponía que teníamos hasta mañana. —La voz de Pedro sonaba desesperada.


—No tengo elección. —Paula dobló unos pantalones y los dejó caer en su maleta.


«Por favor, no dejes que me toque. Si lo hace, me rendiré. Probablemente le suplique, le ruegue y le pregunte si puedo quedarme con él, aunque no sea para siempre. No puedo hacer eso. No puedo renunciar a la carrera en la que he trabajado tan duro por alargar una aventura».


—Bien. Te llevaré a Denver —dijo él con aspereza.


Ella asintió, sin motivos para objetar. Tendría que llegar allí de alguna manera.


—Me gustaría parar a despedirme de tu madre y de Chloe.


Pedro se acercó desde detrás de ella, con voz suplicante:
—Paula, por favor quédate.


—No puedo —respondió ella con firmeza. Las lágrimas le nublaban la vista.


Él movió las manos y dio un paso atrás.


—Supongo que no puedo hacer que me quieras.


«No digas nada. No le digas lo desesperadamente que lo quieres, lo sola que estarás sin él. Eso sólo prolongará lo inevitable y dolerá todavía más».


Ella se mordió el labio. Fuerte. Finalmente, él salió de la habitación y la dejó sola. Paula dejó caer las lágrimas, lamentando la pérdida de Pedro antes incluso de dejarlo.